lunes, agosto 18, 2008
Clase abierta con Néstor García Canclini
Esta semana estará en Buenos Aires uno de los mayores pensadores del mundo, el argentino Néstor García Canclini. Este investigador social, radicado en México, dictará una clase abierta en el marco de la materia “Hermenéutica”, que se dicta en el Instituto Universitario ISEDET, uno de los centros de estudios evangélicos más importantes de América latina. García Canclini presentará una ponencia bajo el título siguiente: “De la sociedad del conocimiento a la sociedad del reconocimiento”. La presentación se hará en el ISEDET, Camacuá 282, el jueves 21 de agosto de 2008 entre las 18:00. y las 20:00. La entrada es libre y gratuita. García Canclini es un antropólogo que ha tratado el tema de la posmodernidad y la cultura tomando en cuenta una perspectiva latinoamericana. Nació en La Plata, Argentina el 1º de diciembre de 1939. Estudió filosofía y se doctoró en 1975 en la Universidad Nacional de La Plata y, tres años después, con una beca otorgada por el CONICET, se doctoró en la Universidad de París. Ejerció la docencia en la Universidad de La Plata (1966-1975) y en la Universidad de Buenos Aires (1974-1975). Desde 1990 es profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, donde dirige el Programa de Estudios sobre Cultura. Ha sido profesor visitante de diversas universidades, entre ellas las de Nápoles, Austin, Stanford, Barcelona, Buenos Aires y São Paulo. García Canclini es uno de los principales antropólogos que ha tratado la posmodernidad y la cultura desde la perspectiva latinoamericana. Uno de los principales términos que ha acuñado es el de "hegemonía". Se trata de un concepto propio de cualquier ámbito, según explica la Wkipedia, pero sobre todo de lo cultural, dando paso a lo que hoy se entiende por géneros híbridos, que son lugares de intersección entre lo visual y lo literario, lo culto y lo popular. Las "culturas hegemonicas", como las denomina, han sido “generadas por las nuevas tecnologías comunicacionales, por el reordenamiento de lo público y lo privado en el espacio urbano, y por la desterritorialización de los procesos simbólicos”. Un ejemplo de esto son los grupos musicales contemporáneos que mezclan o yuxtaponen corrientes globales como el pop con ritmos autóctonos o tradicionales. Entre sus libros, están “Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad”, Grijalbo, México, 1990; “Cultura y Comunicación: entre lo global y lo local”, Ediciones de Periodismo y Comunicación; y “La globalización imaginada” Paidós, Barcelona, 1999.
(fin)
domingo, abril 13, 2008
Agredir no es alentar
(Foto propia del partido de dobles del 12 de abril de 2008 entre la Argentina y Suecia por la Copa Davis)
(Foto propia del partido Nalbandián-Soderling por la Copa David, 13 de abril de 2008).
Estuve el 12 y el 13 de abril de 2008 en el estadio del Parque Roca, en Villa Soldati, Buenos Aires, para ver la serie entre la Argentina y Suecia por los cuartos de final de la Copa Davis, el torneo por equipos de tenis más importante del mundo. Gocé con los éxitos de David Nalbandián, un enorme tenista que podría haber llegado aun más lejos en su carrera sino hubiera sido por sus frecuentes lagunas mentales… pero me quedó un sabor muy agridulce, por la intolerancia del público, que no dudo en agredir de palabra a los jugadores suecos. Te comparto una columna del periodista Marcelo Gantman, publicada el 12 de abril en el portal La Nación.com, que refleja con exactitud lo que se vivió en el estadio, y que repitió el 13 de abril. Reflejos de un país intolerante… Podés opinar libremente en http://kau-amigos.blogspot.com/
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Los tenistas argentinos son gentiles y le agradecen a la gente. Conocen de qué se trata el asunto. Pero el apoyo del público dista mucho de ser decisivo y de ser apoyo. La gente se hizo sentir en su reconocimiento y aprecio sincero hacia José Acasuso luego de su caída del viernes. En su tristeza Chucho se fue a pasar varios minutos en soledad en la zona del lago artificial del Parque Roca.
Quizás por el frío del sábado a pesar del sol, tal vez por lo lejos que a veces se está del court central, lo cierto es que el declamado aliento de los espectadores se limita a sucesivas y repetidas agresiones hacia los rivales, con calificativos no solamente crueles sino también inexactos. Bjorkman podrá ser muchas cosas, pero si hay algo que no es es burro: tiene 51 títulos en dobles, 9 de ellos son de Grand Slam y 41 finales, de las cuales 5 también corresponden a Grand Slams. Y muchas de ellas con diferentes compañeros, lo cual le otorga más mérito a su producción.
Ir a un espectáculo deportivo, vivir la experiencia, participar desde las plateas genera una idea de influencia en el resultado final. Todos cuando alentamos estamos convencidos de que sin nuestra presencia, la historia no hubiera sido posible. Sobredimensionados o no, son tiempos donde la gente juega su papel. O cree hacerlo, lo cual es lo mismo.
Alentar no es agredir. Y si de agresión al rival se trata, hay que tener en claro que eso no se traduce en apoyo a los propios. Es ruido y listo.
(fin)
martes, enero 22, 2008
¿Hasta dónde puede llegar el derecho a la protesta?
¿Qué opina de la instrucción del Fiscal General porteño, Germán Garavano, de limitar el derecho a la protesta en los espacios públicos?
Las declaraciones de Garavano me impactaron mucho, sobre todo por sus argumentos de que estas restricciones contribuyen a la convivencia. Las iniciativas que tomó tienden a socavar la convivencia, no a ayudarla. Me asombra que una medida que es básicamente restrictiva de la protesta social sea presentada como una contribución al dialogo, porque en verdad es una contribución al silenciamiento. Estas medidas hacen más difícil la queja para sectores que les cuesta expresarse. Y digo esto sin asumir que todas las procesas son del mismo tipo y que todos son de la misma legitimación. Uno puede hacer todas estas disquisiciones y, sin embargo, seguir insistiendo en la ultra protección que merece la expresión crítica.
¿Por qué el derecho a la peticionar a las autoridades merece para usted una ultra protección?
Porque el derecho a la protesta nos ayuda a garantizar a todos los demás derechos. Habría que reconocer esa especial importancia que tiene el derecho a la crítica, sobre todo en un contexto como el nuestro. Obviamente que esta situación no puede ser comparada con lo que ocurre con países del Primer Mundo, donde se parte de situaciones de derechos básicos asegurados para todos y uno puede ser exigente respecto de cómo se formula la crítica. Cuando el punto de partida es un lugar de fuerte e injustificada desigualdad para muchísimos sectores con enormes dificultades expresivas, lo que hay que hacer desde el punto de vista legal es dar una ultra protección a la expresión crítica y no hacerla más difícil.
Justamente, una de las muletillas que usa el macrismo para defender la nueva política fue subrayar que “en las sociedades civilizadas nadie corta las calles para protestar”
Yo viví en Noruega. Si allí a mí me dicen que avise antes de tomar la calle, puedo entenderlo. El Estado me dice: a usted le aseguro la salud, le aseguro la vivienda, le aseguro que si no tiene trabajo no le voy a soltar la mano, entiendo que ese Estado me reclame que cuando me quejo no moleste a nadie. Pero en una situación donde me maltratan, me descuidan, donde el estado es mi enemigo, como ocurre en la Argentina, me parece un despropósito.
¿Por qué cree que Garavano está tan interesado en defender el derecho a la libre circulación y no emite posición sobre otros derechos incumplidos consagrados en la Constitución, como el derecho a la vivienda, la salud o el trabajo?
La respuesta sencilla, que no tomaría como primera, sería decir que Garavano es una persona que viene del FORES, una organización que escribió el contrainforme del Nunca Más. Sabemos quiénes son y de donde vienen. Pero tratemos de mostrar las cosas de otro modo y digamos que la suya es una visión instalada dentro de cierta elite dirigente y muy especialmente en el ámbito de la justicia argentina, que es muy elitista. No lo tomo como una conspiración de esta elite judicial sino como el sentido común de un sector, de una clase.
El discurso de Garavano tiene cierto matiz innovador en los discursos de restricción a la protesta en los espacios públicos. No plantea ahora la prohibición, sino la regulación: avisos previos, permisos en determinados lugares y no otros. ¿Usted cree que un avance?
Creo que es el reconocimiento de la situación casi troglodita en la que estábamos. Ahora es mas difícil decir ciertas cosas. Antes había cierta impunidad. Ahora estamos lejos de estar en una buena situación, pero está claro que por vergüenza hay mayor cuidado de no decir cierto tipo de cosas. De todas formas, hay que enfatizar que estamos perdiendo una gran cantidad de energía intelectual en una disputa por lo obvio: la reivindicación del derecho a la protesta. El día que me digan: “Ganaron, el derecho a la protesta merece la máxima protección”, vamos a tener que decir que esa no era la batalla. La batalla es por asegurar los derechos básicos que el derecho a la protesta viene a proteger: el derecho a la alimentación, a la vivienda digna, a la salud. El derecho a la protesta es un derecho fundamental, pero es instrumental: sirve para el reaseguro de los otros derechos.
Otra innovación de la propuesta de Garavanno es sancionar a los organizadores de las protestas, ¿cuál es su lectura?
Me parece que es una buena oportunidad para ir por las cabezas generadoras del conflicto. En nuestro país, que se ha concentrado tanto la riqueza, ahora es más identificable quienes son los generadores de ciertos conflictos. Si quieren ir por las cabezas organizadores del conflicto es una buena oportunidad en un momento que la Argentina es más desigual que nunca. Pero lo que me parece, en realidad, es que están queriendo ir por las cabezas equivocadas.
¿Reconoce cierto tono demagógico o tribunero en las declaraciones de Garavano?
Esta claro que el tema está en boca de muchísima gente. Al menos yo lo percibo en los cafés, en la calle. Mucha gente de la ciudadanía porteña habla de que la cuestión del desorden del tránsito. También es importante decir que el que defiende el derecho a la protesta no defiende el caos, ni piensa que las personas que llegan mas tarde al trabajo no son afectadas. Por su puesto que son afectadas y que la ciudad a veces es un caos, sin embargo se trata de aclarar los tantos: la contribución a la convivencia, al diálogo colectivo, pasa por el contrario, no por socavar las posibilidades de seguir criticando, sino por prestar atención a las críticas. El poder tiene problemas para tomar en serio el tipo de problemas sociales que hoy enfrentan grandes sectores de la población: la precarizacion del trabajo, el mal pago, dificultades para conseguir buen empleo, dificultades para ser tratados como personas. A mí lo que me hubiera gustado es ver la mayor sensibilidad posible para resolverle el problema al que se queja, pero lo que están diciendo es que hacen el mayor esfuerzo para el que se queja no moleste a los demás. Ponen las fichas en el lugar equivocado. Para que no haya reclamos, hay que solucionar los problemas
A partir de la crisis del 2001 aparecieron nuevos métodos de protesta, sobre todo en el espacio público, ¿cree que la dirigencia política y judicial no está preparada administrarlos y por eso terminan judicializando estas manifestaciones?
Uno puede ser incapaz y trabajar en pos del fortalecimiento o el debilitamiento del derecho. Pero no se trata de mera incapacidad -que la hay-, es incapacidad ideologizada, con cierta orientación, sistemáticamente vinculada con un tipo de respuesta. Es un secreto a voces dentro del poder judicial que ciertos ámbitos responden a una manera de pensar elitista, de clase. Del poder político, por su propia lógica, uno no puede esperar que sea especialmente sensible del reclamo de la minoría. Si el poder político lo que quiere es el voto mayoritario, los incentivos están dirigidos a que le presten mas atención al reclamo mayoritario que del minoritario. Ahora de la justicia uno espera lo contrario, dado que no depende de las elecciones para ocupar sus cargos.
Para usted, ¿es aplicable el planteo de Garavano?
Sí es aplicable, como son aplicables las medidas represivas. Pero las cosas van a seguir saltando, cualquiera sea la reglamentación. Si ponen una reglamentación para que nadie grite a la noche y a mí me pegan un martillazo en la mano a la noche, voy a gritar.
El cuento que usted escribió a raíz de la entrevista que Garavano concedió a La Nación fue reproducido por algunos blogs afines a la idea de prohibir la protesta. Las respuestas de los bloggers fue sumamente agresiva. ¿Qué significa para usted la aparición de ese tipo de mensajes?
El cuento fue objeto de una súbita reacción dentro del micromundo de los blogs. Pero dentro de ese micromundo se abrió una veta que no había aparecido, vinculado con un grupo de gente muy militante en ciertas ideas de derecha –lo digo descriptivamente, no acusatoriamente- que mostraron un nivel de agresión inusitado. Creo que lo que demuestra es la subsistencia de un sector de pensamiento marcada por un enorme resentimiento por lo que ocurre, por los cambios que ha habido en materias de derechos humanos. Estoy acostumbrado a que en la vida de los blogs aparezca el exabrupto, la barbaridad, que es casi divertida. Pero acá me llamó la atención un nivel de agresión extraordinaria: hablan de “los que lavan la cabeza a la gente”, “las lacras garantistas que responden a Zaffaroni”. Nunca se me ocurriría pensar que el que tiene ideas opuestas a las mías sea una lacra.
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Un cuentito con La Nación y el fiscal Garavano
Según nos informa La Nación de hoy, "La reciente sentencia que envió a una decena de sindicalistas de la construcción a pintar escuelas por haber hecho piquetes simultáneos y sorpresivos en calles porteñas es sólo el principio de una nueva política de la justicia de la ciudad: el fiscal general porteño Germán Garavano reveló que pondrá en práctica una nueva estrategia para castigar los cortes de calles. Consistirá no sólo en identificar y sancionar a los piqueteros, sino en castigar a los líderes de las organizaciones gremiales o sociales que realicen estas manifestaciones fuera de la ley."
En su "análisis" de la noticia, Norberto García Rozada -de la redacción de La Nación-considera que la iniciativa constituye "un aporte apreciable para mejorar la convivencia social" -tal es el título de su nota.
De este modo, el comentarista se hace eco de las alegres declaraciones del fiscal Garavano, quien por su parte sostuvo: "Queremos preservar la convivencia haciendo responsables a los que tienen dentro de las organizaciones el poder para alterar ese equilibrio."
Así que éste es el modo de preservar la convivencia social? O sea que la prioridad frente al conflicto social es que los más perjudicados no nos molesten?
Pienso en esta historia:
Una mujer que grita cada noche, cuando llega el marido embriagado y comienza a golpearla. Cansados de tanto escándalo, los vecinos juntan firmas y escriben una carta a La Nación. Al tiempo, se apersonan frente a la casa conflictiva un cronista de La Nación, Macri, sus laderos Burzaco y Rodríguez Larreta (acompañados de personal adjunto, de planta), en delegación encabezada legalmente por el fiscal Garavano. Todos ellos en representación de los vecinos afectados por los gritos.
Tocan el timbre en la casa del marido golpeador y la mujer gritona. El fiscal labra un acta, y le indica a la mujer los horarios en que no puede gritar. "Los vecinos quieren dormir" -le dice, con gesto suave. "No queremos que moleste más a sus vecinos" afirma, sonriente pero firme.
Rodríguez Larreta, que es moderno, pide la incorporación de cristales aislantes en el dormitorio, que es el lugar de donde provienen los gritos (sin que nadie lo vea, les pasa un presupuesto).
"Que no nos despierte más con sus gritos!" -gritan los vecinos. "Ya estamos cansados" -brama algún otro, mientras aplaude al fiscal. "Bruja!" -se le escapa a Burzaco.
"¿Pero cómo, y el marido golpeador?" -pregunta una mujer (seguramente feminista) que pasaba por allí.
Mientras, la mujer golpeada grita (es que se trata de una mujer que no para de gritar): "Por favor, no me abandonen detrás de los vidrios aislantes" (Alguien le tapa la boca, parece que es el abogado de Di Zeo pero no logro identificarlo. Tal vez sea el propio Di Zeo. O tal vez el propio Garavano, con guantes que reparten en el FORES para las llamadas "operaciones especiales").
"Auxilmmm, me golpmmmm" -vuelve a protestar ella, tratando de zafar, infructuosamente, de quien la amordaza.
Y Macri: "Eh, otra vez con las ideologías" -se queja. "Ya lo decía Ayn Rand!" - agrega, mientras mueve la cabeza a uno y otro lado, como no entendiendo.
Y la troupe que lo rodea: "Eso, eso, basta de ideologías!"
"Zurda!" -se le escapa a Burzaco.
El periodista de La Nación vuelve a la redacción, y escribe su nota, a la que titula "Otro aporte apreciable para la convivencia social."
Scioli y el progresismo de la Provincia que lo acompaña toman cuidadosa nota de los avatares que sacuden a la ciudad. Al gobernador sólo le preocupa una cosa: la posibilidad de que la mujer que grita(ba), que trabaja en Provincia, pida ser atendida en un hospital de su jurisdicción. "Ahora que se la arreglen ellos" -piensa (o más bien exclama, sin pensarlo demasiado).
(fin)
sábado, diciembre 08, 2007
Exito fácil, futuro difícil
Los medios de comunicación, en armonía con un modelo social que promueve el éxito fácil y descalifica a la inteligencia también son culpables de la falta de personal capacitado, afirma el periodista Ruben Levenberg en esta nota publicada el 6 de diciembre de 2007 en el semanario electrónico Bloggers Report . El análisis se refiere a la industria de las tecnologías de la información y la comunicación de la Argentina, aunque puede proyectarse al resto de los sectores que emplean ciencias duras.
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Los números de los estudios que distintas entidades y organizaciones realizan para detectar la diferencia entre la generación de recursos humanos y la demanda de personal técnico por parte de las empresas, el Estado y otras organizaciones indican que al menos de aquí a 2010 el déficit será uno de los grandes problemas para desarrollar el sector. (Ver Cocina de hoy) Pero la mayor complicación no radica en las cifras de oferta y demanda actuales y futuras sino en las escasas perspectivas que parece tener el país para revertir la situación.
La CESSI y los ministerios de Educación, Economía y Trabajo son algunas de las instancias que, a su manera, comenzaron a impulsar entre la juventud los estudios tecnológicos. Sin embargo, hasta ahora, aunque algunas cifras han mejorado, en general la matrícula se orienta hacia otras carreras.
El estudio realizado en 2006 por Prince & Cooke para Cicomra muestra que el nivel de empleo en el sector de Tecnologías de la Información, Comunicaciones y Call Centers (TICC) en la Argentina es de “alrededor de 284.000 personas -la mitad en forma directa y la otra mitad trabajando en tecnología en el resto de las empresas de la economía y en el área pública-, lo cual equivale a casi el 2 por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA)” del país. Del total, el 68 por ciento tienen una formación universitaria o terciaria y el 70 por ciento maneja de manera más o menos profunda un segundo idioma. Pero además de su capacitación, los técnicos argentinos tienen un prestigio ganado en todo el mundo, por su creatividad y su capacidad para adaptarse a las emergencias. El estudio mencionado señala que “las expectativas más conservadoras calculan un total de empleados de 310.267 para fines del 2007. Este crecimiento se estima que continuará a una tasa de 8 por ciento anual, llegando a 365.031 en 2009”, con lo cual la demanda de nuevos puestos de trabajo en perfiles considerados críticos llegará, entre 2006 y 2009, a una cifra cercana a los 20.000 técnicos.
“Las brechas entre la demanda y la disponibilidad de Recursos Humanos que el estudio señala, son abordables y sugieren la necesidad de establecer líneas de acción que adecuen las respuestas del Sistema Educativo y alienten a los jóvenes a adoptar carreras técnicas”, señala el informe. Sin embargo, todavía las respuestas a esos estímulos son mínimas.
Algunos síntomas sociales señalan la naturaleza de la emergencia: El especialista en computación suele ser descalificado con el estereotipo del “nerd”, un personaje cuyo vicio es la informática y que, por añadidura, no sabe disfrutar de la vida. En cambio, un chico o una chica que jamás pisaron un aula –ni real ni virtual- pueden pasar a la extraña categoría de “famoso” por el solo hecho de encerrarse algunos días en la casita de azúcar de alguna de las versiones de “Gran Hermano”. El éxito fácil, la imagen tras la pantalla de TV y el desprestigio del estudio como una forma de acceder al conocimiento y al trabajo son algunos de los emergentes de la crisis, una crisis que, de todos modos, es una crisis de crecimiento. Al menos por ahora.
(fin)
domingo, julio 22, 2007
Libertad de mercado y salud en EEUU
El escritor y periodista Tomás Eloy Martínez ensaya en esta nota publicada por el diario porteño La Nación una crítica de la última película de Michael Moprre, “Sicko”, sobre las “perversiones” (según el autor) del sistema de salud estadounidense, algo que me comentaron amigos latinoamericanos durante un viaje que hice en marzo a los EEUU.
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SICKO es, en la jerga cotidiana de los Estados Unidos, un vocablo ya casi en desuso. Encabalga dos palabras, sick , enfermo, y psycho , psicópata. En las conversaciones de hace medio siglo era parte de una pregunta ofensiva: Are you a sicko? , ¿estás mal de la cabeza? Michael Moore ha restaurado el viejo término para encabezar su corrosivo alegato contra el sistema de salud de los Estados Unidos, una letrina dorada que, según el film, se alimenta de la corrupción y de la codicia.
Quien haya seguido los documentales de Moore desde su extraordinario Roger & Me (1989) podría imaginarlo condenándose voluntariamente a un destino marginal, como el de los profetas bíblicos que entonaban en el desierto su estribillo de males y morían apedreados o crucificados por la cólera de los grandes señores. Nada de eso le sucede, aunque sus películas desnudan hasta el hueso la crueldad de las grandes corporaciones. En 2002, Bowling for Columbine -una denuncia feroz sobre la fascinación por las armas del norteamericano medio- ganó el Oscar al mejor documental, a pesar de que ridiculizaba a Charlton Heston, ídolo histórico de Hollywood. Dos años más tarde, Farenheit 9/11 conseguía una nominación al Oscar y recibía la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Los espectadores celebraban a Moore hasta el delirio cuando exhibía las falsedades de que se había valido la administración Bush para justificar la invasión a Irak a la vez que revelaba los vínculos entre la familia presidencial y la de Osama ben Laden. Moore es un detractor incansable de las enfermedades del sistema, pero el sistema lo tolera y hasta lo premia. Es un provocador, como los bufones de las cortes imperiales. Puede cantar todas las verdades que quiera y lastimar mientras las canta, sin que la corrupción y la injusticia se muevan de su quicio.
No hay señal mejor de la velocidad con que las denuncias de Moore se han vuelto inocuas para el sistema que asistir a la proyección de sus películas en cualquiera de los grandes teatros de los Estados Unidos y leer los adjetivos de los avisos publicitarios. Se supone que Sicko documenta una cadena de tragedias, pero los epítetos con que se atrae al espectador son de una frivolidad que espanta, por decir lo menos: "Brutalmente divertida", "Se va a reír hasta que le duela", "A lo mejor le duele un poquito".
Las entradas para las dos últimas funciones de Sicko en una sala de Broadway, cerca de la ópera de Nueva York, estaban agotadas desde el mediodía la víspera del 4 de julio, y las multitudes no ocultaban su satisfacción a la salida, llevando aún gigantescos cuencos de maíz tostado a medio vaciar. Los aplausos y las carcajadas se oían desde el vestíbulo de la entrada. Los dramas que cuenta Moore son atroces, y por eso mismo la gente los cree incorregibles.
Sicko se abre con una entrevista que refleja las perversiones del sistema norteamericano de salud. Rick, un carpintero de Oregon, se ha cortado dos dedos de la mano izquierda con una sierra. El hospital le permite elegir. Reponer el dedo medio en su lugar le costará sesenta mil dólares; por el anular le cobrarán doce mil. Para Rick, que gana cuarenta mil por año, la respuesta es previsible.
Su tragedia, sin embargo, no es tan indignante como la de Donna, una mujer cuyo bebe de meses despierta en medio de la noche con 41 grados de fiebre. Con el chiquito en brazos, corre a la sala de emergencias del hospital más cercano. Allí la rechazan, porque su aseguradora -Kaiser Permanente- le ha asignado otro hospital. Mientras averiguan cuál es ese hospital y piden la autorización para internarlo, la fiebre sube y sube. La madre suplica que atiendan a su hijo. Entre convulsiones, el bebe muere.
Moore acumula en Sicko estadísticas de espanto: 50 millones de norteamericanos viven en los Estados Unidos sin seguro de salud. Nueve millones de ellos son niños. Hay quienes no son empleados y lo pagan por su cuenta. En ese caso, la suma impuesta a una familia tipo sin enfermedades preexistentes llega a los 26.000 dólares, o poco más. Y aun así, con frecuencia hay que pagar aparte por los medicamentos y, cuando se acude a un médico que no está en la lista de la aseguradora, sólo se devuelve parte de lo que se ha pagado, después de discusiones telefónicas y esperas interminables que pueden terminar en otra crisis de fatiga.
Hay escenas de espeso humor negro. Por ejemplo, la entrevista con un cínico médico que controla cómo se autorizan los tratamientos a los pacientes. Por él se entera el espectador de que, cuando un médico rechaza a más del diez por ciento de los que quieren ser protegidos por su seguro de salud, se lo premia con un bono. Cuanto más rechazos hay, mayor es la recompensa. Y si un paciente no ha declarado cierta enfermedad previa y quiere atenderse por otra, puede sufrir inesperados tormentos. Tal fue el caso de una paciente con un severo problema cardíaco, a la que el seguro le reconoció los 7500 dólares gastados en el tratamiento. Todo parecía terminar sin problemas cuando el médico fiscalizador descubrió que la mujer había tenido alguna vez hongos vaginales y había omitido ese detalle en su declaración al seguro. Fue condenada a devolver los 7500 dólares, aunque ya no los tenía.
Sicko se interna en las aguas de la denuncia franca cuando compara el sistema de salud de los Estados Unidos con los de Canadá e Inglaterra, que son generales y gratuitos. En un hospital de Londres, Moore le pregunta a un paciente norteamericano cuánto ha pagado por tal o cual internación. "Nada", le responde. "¿Nada?", insiste. "Nada -le dice-. Esto no es Estados Unidos." Se abstiene de explicar entonces que los pacientes de esos países esperan con frecuencia meses antes de conseguir turno para una consulta. Una paciente cruza la frontera hacia Canadá, donde la atienden gratis. Moore comenta entonces: "Somos americanos. Cuando necesitamos algo, vamos a otro país".
El lenguaje del documental es sin duda demagógico, pero también es eficaz. En el último tercio, el autor advierte que, mientras algunos de los héroes nacionales del 11 de Septiembre están sufriendo los estigmas de un sistema de salud caro, imprevisible y lento, los enemigos de guerra recluidos en Guantánamo disfrutan de cuidados hospitalarios instantáneos y gratuitos. Se le ocurre entonces viajar a Cuba con los voluntarios enfermos. En Guantánamo los rechazan, por supuesto, pero en La Habana, cuando preguntan por un hospital y una farmacia a un grupo de hombres que juegan al dominó, se enteran de que hay varios cerca, a pocos pasos. Los peregrinos reciben en La Habana, por fin, la atención privilegiada que su país les niega, en centros de salud dotados con máquinas de última generación y médicos que hablan un inglés impecable.
Moore se priva de explicar las diferencias entre el servicio que se brinda en ese hospital inmaculado, para los turistas y los funcionarios, y aquellos centros de salud a los que tienen acceso los cubanos comunes. Es innegable, sin embargo, que el sistema público de los Estados Unidos ocupa el 37º lugar en las evaluaciones de la Organización Mundial de la Salud, muy por debajo de Francia (1º), Italia (2º), España (7º) y el Reino Unido (18º), aunque dos niveles por encima de Cuba (39º). El mejor resultado de América latina es el de Colombia (22º). Luego están Chile (33º) y Costa Rica (36º), lejos de México (61º), de la Argentina (75º) y de Brasil (125º).
A la salida de una exhibición de Sicko en Nueva Jersey oí a un señor preguntar en voz alta, desafiante, si en Cuba se exhibiría la misma película con los datos al revés. Sin duda, no. La salud y la educación están allí protegidas, pero la libertad de expresión agoniza desde hace décadas. La especie humana avanza a pasos de vértigo en la tecnología y en la ciencia, pero sigue siendo incapaz de construir sociedades fundadas por igual en la libertad y en la justicia. Donde se garantiza una se sacrifica la otra, y a veces faltan las dos.
(fin)
domingo, julio 01, 2007
No hay nada nuevo bajo el sol
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Voy sentado en el tren leyendo el periódico cuando un señor a mi lado se me pone a charlar: "Hay que ver, ¿ha leído usted en qué tiempos vivimos? Seguro que ha leído hoy lo de ése que ha matado a su mujer que estaba embarazada. ¿Y lo de esos que hace algunos meses se cargaron a toda la familia de al lado porque tenían la radio un poco alta? ¿Y lo de la prostituta rumana que le clavó el paraguas en el ojo a una chica por una pelea de nada? ¿Y cuántas madres en los últimos tiempos han matado a sus hijos? ¿Y ése que acabó con su hija para impedirle que se casara con un cristiano? Pero, ¿qué es lo que está pasando?"
Yo le hago notar que, evidentemente, no lo sabe todo. Si hubiera leído con atención lo que he leído yo (posiblemente en Internet) se daría cuenta de que la lista no acaba ahí.
¿No había leído la historia aquella de Piacenza? Un tal Menini, para congraciarse con uno que debía asegurarle el éxito en su empresa, le entrega a su hija, sabiendo perfectamente que era uno sin escrúpulos y que se la despacharía, y luego se va tranquilamente a su viaje de negocios. Mientras tanto, como el marido está lejos, un prometedor gigoló, un tal Egidi, se pone a consolar a la Sra. Menini, se convierte en su amante, prácticamente se instala en su casa y, cuando el Sr. Menini regresa de su viaje, lo mata, naturalmente con la colaboración de la señora. [...] el hijo de Menini vuelve del extranjero donde está haciendo un Erasmus, mata al tal Egidi y luego, como no le parece bastante, se carga también a su madre. Qué fuerte, qué fuerte, suspira el señor.
¿Y lo de la Señora Medi de Molfetta? El marido la deja plantada, y ella para vengarse, como sabe que está loco por sus hijos, va y los mata. "La verdad es que ya no hay religión, se queda en nada eso de cortarse los testículos para darle un disgusto a la mujer, mire usted que cargarse a la sangre de su sangre para darle rabia al marido", se queja mi vecino , "pero, ¿serán madres, semejantes mujeres? Yo digo que es la influencia de la televisión, y de esos programas violentos que hacen los comunistas".
Insisto. A lo mejor, el señor no ha leído la historia del tal Croni de Saturnia que le corta los testículos a su padre y luego hace abortar a su mujer y se come los fetos. Dice el señor: "Estaría afiliado a una secta satánica, quizá de joven se dedicaba a tirar piedras a la autopista desde los puentes. Pero claro, vea usted, si es que justo en el periódico que está leyendo no hay más que elogios del aborto y del matrimonio entre travestis ..."
Hombre, mire, le digo, que la mayor parte de los delitos sexuales se verifica hoy en día dentro del núcleo familiar. Habrá oído lo de ese Lai de Battipaglia, que su hijo lo mató y luego se arrejuntó con la madre hasta que ésta no pudo aguantarlo más y se mató también ella.
Jesús, Jesús, dice mi interlocutor, ¿pero eran italianos o emigrantes? No, no, le explico yo; he hecho un poco de trampa con los nombres y los lugares. Eran todos griegos, y las historias no las he leído en el periódico sino en el diccionario de mitología. El señor Menini era Agamenón, que sacrifica su hija a los dioses para tener éxito con la expedición de Troya; el joven Egidi que lo mata es Egisto, y la mujer infiel era Clitemnestra, que a su vez es asesinada por su hijo Orestes. La señora Medi era Medea, el señor Croni era Cronos. El señor Lai era Layo, asesinado por Edipo, y la mujer incestuosa era Yocasta. Y son éstos los mitos que fundan nuestra civilización, no sólo las bodas de Cadmo y Harmonía.
El asunto es que, entonces, se escribía de vez en cuando una tragedia o un poema sobre estas historias, mientras que hoy en día los periódicos están atentos a cualquier hecho de crónica y llenan con sangre dos o tres páginas. Se calcula, además, que hoy somos seis mil millones mientras que entonces la población del mundo se limitaba a algunas decenas de millones. Si sacamos las proporciones, antaño se mataban más que hoy. Por lo menos en la vida de cada día, excluyendo las guerras. Y quizá Agamenón era incluso peor que Bush.
(fin)
miércoles, mayo 30, 2007
Aplauso para una madre argentina
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“Europa me pareció muy linda, muy limpia y ...muy vacía. Ni en Bratislava, ni en Munich había nadie por la calle”. Esta visión del norte europeo podría ser compartida por cualquier turista argentino, o napolitano, pero, teniendo en cuenta el barrio donde vive la viajera sorprendida por semejante ausencia, se comprende mejor.
La casa de Mirta está en José León Suárez, en uno de los barrios asentados, desde los años 60, sobre unas tierras fiscales que en los planos municipales figuraban como “bañado”. Hoy, un hilo de basura entre barrancos formados por escombros divide ese primer asentamiento, ya compuesto por casitas terminadas, o casi, de las nuevas tolderías hechas de palo y arpillera de la orilla de enfrente, donde se alojan los recién llegados, descendientes de los asentados de ayer, que huyeron de la miseria en sus provincias para encallar en ésta.
Recorrer el barrio de Mirta me ha permitido entrecruzar mi asombro con el suyo. Si las ciudades nórdicas son incoloras y llenas de soledad, José León Suárez rebosa de todo lo contrario, por la simple razón de que la gente vive afuera: el adentro no invita a arrellanarse en ningún sillón. Durante el día se asiste a un trajinar de carritos cuyo contenido se descarga alrededor de las casas. A la caída de la tarde se encienden los quioscos. Todo el que tiene algo para vender abre un cuadrado en la pared y lo expone. Una chica de rojo, con una gorra de visera también roja, enmarcada, como para un retrato, en una ventana-mostrador con tres paquetes de galletitas y dos gaseosas, se ríe frente a un grupo de adolescentes que tampoco presentan signos de aburrimiento. Pibes de todas edades corren sueltos, con ese modo exacerbado de moverse que se notaba en ellos cuando todavía los dejaban subir al tren de pasajeros comunes, antes de confinarlos en el gueto de un tren especial. Una gestualidad sin trabas que proviene, según el hijo de Mirta, Ernesto Paret, “del hacinamiento, la basura, los enfrentamientos, los tiros, las drogas, las chicas fáciles a cambio de algo, característicos de uno de estos barrios del Gran Buenos Aires donde todo es posible porque los espacios públicos son una combinación fatal entre lo virtual y lo real”.
Mirta Justina Belizán nació en Santa Fe. Tenía diecinueve años y cuatro hijas cuando la familia se instaló en Suárez “porque daban terrenos. Una señora encargada los medía con un hilo para irlos repartiendo”. En 1967 sobrevino la gran crecida del río Reconquista. Les siguieron unas cuantas: la apelación “bañado” no era casual. Esa primera vez, Mirta le dijo a su padre, que no podía caminar: “Me parece que a lo lejos hay agua”. El padre no le creyó. Ella se fue con la impresión de que un espejo brillaba a la distancia. “Cuando volvía en el 237 me crucé con gente que pasaba con bolsos y lloraba. Al bajarme del colectivo no encontraba mi calle. Por fin vi venir a mi hermano con el agua a la cintura, que traía a mi nena alzada. Era tanto el espanto que no la reconocí. Nos llevaron a la base aérea de El Palomar. Cuarenta días más tarde, cuando pudimos instalarnos de nuevo, todo que teníamos en el mundo era una pura pudrición”.
A partir de ese momento vivieron midiendo el agua con un palo. “No se necesitaba la inundación para mojarse los pies –desliza Ernesto, familiarmente llamado Lalo–. A la noche dejábamos las zapatillas encima de algo para que no salieran flotando”. Hoy Mirta tiene sesenta años, ocho hijos (“tres con la primaria completa y uno, Lalo, con tres años de secundaria”), treinta y nueve nietos (cuatro de ellos murieron) y quince biznietos. “Yo los crié a todos trabajando de carnicera, en el servicio doméstico, juntando diarios, cirujeando. Cuando me acuerdo, es todo tristeza. Yo creía que las vacaciones y un baño con inodoro eran cosa de ricos”.
Tenía veinte años cuando empezó a “ver las cosas del barrio”, a asistir a reuniones de vecinos. Así la fueron conociendo. Es cierto que aquella Mirta juvenil no tenía el aplomo, la solidez de ahora. Pero tampoco las dificultades de ese entonces la obligaban a ser la roca en que ha debido transformarse. “Aquí la gente se amontona cada vez más, con mayor necesidad, con más madres chiquitas, con más de todo lo malo”. ¿Madres chiquitas? “Sí, nenas de doce años que son adictas y no saben ocuparse de sus bebés”.
Durante la crisis de 2001 hubo que salir otra vez a cirujear para comer y vestirse (las verdes colinas de la Ceamse que se recortan en el horizonte, sumergiendo barrios enteros bajo la pestilencia, dan para todo). Pero del mismo problema surgió la solución: asociarse. Junto a algunos vecinos, Mirta y su hijo fundaron una cooperativa de cartoneros (cooptrenblanco@argentina.com) para la recolección de botellas de plástico, que son clasificadas, molidas y vendidas a las empresas de alta tecnología con un valor agregado.
“Al principio nos largamos sin medir las consecuencias –dice Mirta–, hoy lo seguimos viendo como una salida. Lo que hay que hacer es educarse. Yo estoy estudiando computación junto con tres compañeros. Otros abandonan: cirujear por su cuenta les parece más fácil”. “Con las fábricas recuperadas pasa lo mismo –interviene Lalo–, los obreros se encuentran ocupando el sitio del patrón, improvisando sobre la marcha, sin darse cuenta de la revolución que están llevando a cabo, armando el futuro sin el menor antecedente, hijos de nadie y embarazados de algo sin saber de qué. Pero creo firmemente que ellos están convencidos de que esto servirá, para nuestros hijos, para que sepan que con organización y lucha se consiguen los sueños”.
Lalo Paret tiene una claridad en materia social y política que lo convierte en alguien a quien conviene escuchar. De chico cirujeaba, hoy es miembro de dos ONG: una norteamericana, La Base (www.labase.org.ar), y la otra argentina, Va de Vuelta (www.vadevuelta.org.ar). Ya lo han invitado a desarrollar sus ideas en varios países. Conoció a la alemana Manuela Stein en un congreso del Brasil y le habló de su madre, a la que admira. Poco después, los padres de Manuela, Renate y Hans Stein, llegaron a José León Suárez a conocer a Mirta.
Por lo que se pudo captar (chapurreaban un castellano de otro planeta), la pregunta que le formularon fue: “¿Qué puede hacerse en este barrio?”. Mirta tenía la respuesta: “Un centro de madres. Para trabajar con mujeres nuestras y que cada una aprenda de la otra. Que estudien, que se armen para que se las escuche, que enseñen a los chicos a comer en la mesa y a volver a las 5 de la tarde para tomar la leche como se debe”. El deseo de Mirta señalaba la realidad por el reverso: una miseria que relegó al olvido el simple gesto de sentarse a comer. No pasó mucho tiempo antes de que a Mirta Justina Belizán le llegara una invitación para participar en un Congreso Internacional de Madres a realizarse en Bratislava.
Todo transcurrió con una naturalidad y un goce perfectos. Sus propias palabras, “el pobre vive soñando y cuando se le realiza, se asusta”, no pudieron aplicársele a ella misma. La acompañaba una rubiecita catequista llamada Sonia Sánchez. En Eslovaquia (porque resultó que la tal Bratislava quedaba en ese país) escribían su nombre como Sonja. También resultó que Renate Stein era la dirigente del Centro de Madres Mine, basado en Munich y con sucursales en numerosas ciudades, entre las cuales, muy pronto, se contará la de José León Suárez.
“Cuando me dieron la palabra en el Congreso no me paraba nadie. Antes había hablado la delegada de un país de Africa, y lo que ella contó era peor que lo nuestro. No tienen agua. Así que yo dije que nosotros queremos rescatar nuestro futuro que está perdido, y que necesitamos mucho, pero no tanto como ellos, por suerte”. “¿Y qué necesitamos?” “Que nos ayuden a arreglárnoslas solos sin regalarnos nada. Acá se fomenta la vagancia con tantos comedores. Las madres mandan a los chicos con un tupper para que les traigan comida y después la plata se la gastan en cigarrillos. Hay que ganar lo que se come, así nadie puede reprocharte lo que tuviste gratis. Yo nunca mandé a mis hijos a pedir. Siempre estuvieron limpios, hasta cuando cirujeaban. A las madres que dejan a sus chicos metidos en la basura habría que ponerles multa.”
Mirta fue muy aplaudida en Bratislava. Se hizo amiga de rusas, de jamaicanas, de italianas, de indígenas guatemaltecas, de gitanas rumanas. Participó en talleres sobre los problemas mundiales de la mujer, en desfiles nocturnos con velas encendidas, visitó Munich y Zentum Poing (ni ella ni yo supimos definir dónde quedaba eso, aunque el alcalde del lugar le haya correspondido visitando José León Suárez), y se volvió a su casa con una promesa apretada en el puño: la fundación Mine la ayudaría a realizar su proyecto, y no sólo en su barrio, sino también en Santa Fe.
En el barrio no ha quedado ni un lugarcito libre porque la población aumenta junto con la pobreza. Pero hay uno al que Mirta le ha echado el ojo desde hace tiempo: un enorme gimnasio sin terminar, que pertenece a la capilla del pueblo y se levanta en el único espacio vacío. El acuerdo con los alemanes se acaba de firmar. “Ya está, un poco más y empezamos”.
El Centro de Madres de José León Suárez va a ofrecer cursos “de todo”. Va a contratar a psicólogos, a maestros, a profesores. Las mujeres se ocuparán por turno de cuidar a los chicos y por ese trabajo recibirán un pago. El grupo fundador se compone de Sonia, Norma, Nancy, Silvina, Margarita, Mónica y, claro, Mirta. El Centro va a generar fondos. Nada será gratuito. Se exigirá una colaboración mínima para el almuerzo y la merienda, “así aprenden a comer y se termina con el clientelismo. Al principio va a haber guerra con algunas, pero yo estoy re-preparada, porque las conozco bien”.
Re-preparada, fogueada, dura, aguerrida, curtida, acorazada, sin el menor discurso supuestamente redentor, Mirta pierde los ojos en un punto lejano cuando le pregunto si ella siente que José León Suárez es su lugar. “Yo nunca pensé en otra cosa que en ser pobre y en terminar pobre. Ahora pienso así: lo que tenemos es esto y hay que empujar para que salga. Quiero que la obra del Centro crezca, verla terminada, que funcione, pero para mi vida ya no. Ojalá todo el mundo pudiera irse de acá”.
En el tren de regreso viajaba una morochita flaca con varios piercings, a la que había visto en el barrio. Iba leyendo El Poema del Mio Cid. No alzó la vista ni un instante. Recordé que uno de los quemeros de la quema clandestina de Campana, que visité hace meses, se ha recibido de profesor de Historia; que un quiosquero de Gregorio de Laferrere es gran lector de Spinoza y de Derrida; que Lalo se expresa como un poeta y un intelectual. Y que Mirta desea que se coma en la mesa. María Elena Walsh lo cantó hace tiempo: “Que nunca falte en tu casa/ sábana/ y mantel”. Y libros, libros para salvarse de todo sitio donde haya tristeza.
(fin)
martes, mayo 08, 2007
“Los privilegiados no podemos vivir bien a costa de los que sufren”
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¿Cómo fue su experiencia personal en la lucha por los derechos humanos?
—Nací y me eduqué en la Argentina. Mi familia se trasladó a Sudáfrica, mi padre era industrial, a comienzos de los años 60; era ya un tiempo duro allí, la época en que Nelson Mandela estaba siendo juzgado, y empecé a enterarme de lo que pasaba haciendo tareas de caridad. Como mujer blanca, de una familia con una buena posición económica, podía gozar de una vida tranquila y segura, pero empecé a preguntarme sobre la causa de esa tremenda realidad que veía a nuestro alrededor. Me sumé al poco tiempo a una organización de mujeres llamada Black Sash (La Faja Negra), fue el comienzo de mi educación política.
¿Qué era "Black Sash"?
—Era una organización que tenía un interés especial en la formación política, en las instituciones y las leyes del país, pero que poco a poco fue tomando nota y dando cuenta de lo que significaban el racismo y el apartheid, la separación de las diferentes razas, el régimen de exclusión al que era sometida la población negra. Las mujeres de Black Sash elevaron su voz de protesta contra ese sistema y fueron perseguidas y acusadas por el gobierno racista.
¿Qué papel cumplió ese movimiento en el fin del régimen racista?
—Nosotras, como mujeres blancas que gozábamos de una buena posición social, teníamos una suerte de protección que —considerábamos— debíamos usar para mostrarle al mundo lo que estaba ocurriendo. Muchos de los líderes africanos estaban detenidos o en el exilio, o en la clandestinidad. Y ellos nos dijeron: "Ustedes tienen ese espacio, tienen que usarlo". Todas las semanas recibíamos informes, íbamos a los lugares donde había conflicto, teníamos audiencias con diplomáticos, rondas de prensa para decir lo que nosotras veíamos, denunciar la situación, y ello influyó. Pero también el Congreso Nacional Africano tenía una estrategia que era la de lucha por una sociedad en la que el racismo y el sexismo fueran erradicados. Eso era aquello por lo que nosotras luchábamos y fue así que Mandela, horas después de su liberación en 1990, dijo: "Ellas son la conciencia de la Sudáfrica blanca".
Hubo un cambio de gobierno pero también un cambio de régimen. ¿Qué papel jugó en esa transición la Comisión de la Verdad?
—La Comisión de la Verdad y la Reconciliación surgió de las negociaciones que hubo entre el viejo gobierno y los partidos que lideraban la nueva etapa, el Congreso Nacional Africano en primer lugar. Esas negociaciones fueron muy transparentes y un resultado de ello fue la amnistía, algo muy difícil de aceptar para nosotros. Pero ése fue un precio que debimos pagar por una transición pacífica. De ese acuerdo obtuvimos, por contraparte, la conformación de la Comisión de Verdad y Reconciliación.
¿No era un modo de consentir la impunidad?
—Bueno, se debió aceptar una amnistía, pero bajo condiciones. Se estudiaron otras experiencias como la argentina, la chilena , que habían tenido comisiones parecidas. Y se estableció por ley que la amnistía no iba a ser general sino individual. Quien quisiera acogerse a ella debía solicitarlo, pero debía también confesar públicamente los crímenes o delitos cometidos, contar la verdad de lo sucedido. Ese fue un aspecto fundamental de reparación para las víctimas y una premisa para la reconciliación. Porque no hay reconciliación posible si no hay un reconocimiento de los crímenes cometidos.
¿Cómo se integró la Comisión?
—Fueron 17 miembros. El nuevo gobierno, presidido por Mandela e integrado por la minoría de líderes blancos, creó varias comisiones ad-hoc, de Derechos Humanos, de Género, para la Juventud. Las organizaciones de la sociedad civil planteamos nuestras posiciones y demandas, y ellas fueron recogidas por el gobierno. Se encargó a todos los partidos representados en el Parlamento la recepción de nombres de postulantes para integrar la Comisión, hubo cerca de 300, de allí se seleccionaron cerca de 40, que fueron entrevistados en audiencias públicas y televisadas. Se entregaron 20 nombres al presidente Mandela y se conformó así la comisión, presidida por el arzobispo (Desmond) Tutu. Cada uno representaba una historia y trayectoria diferentes. Y tuvimos que aprender a entendernos.
¿Qué resultados se obtuvieron?
—La Comisión se reunió durante casi tres años, escuchando las historias de las víctimas, recogiendo las confesiones de los perpetradores que pedían la amnistía, fue un tiempo duro pero necesario, los medios de comunicación reflejaron en detalle los horrores, todos podían acceder a esos fragmentos de la memoria recuperada. Al fin de ese proceso era imposible negar lo que había pasado durante los años de la represión. Y las víctimas recibieron el reconocimiento del país.
¿Fue un punto de partida o un punto de llegada para la justicia?
—Diría que es un punto de partida, pero no estoy convencida aún si ello conduce realmente a la justicia. En ese momento pensaba que lo que estábamos haciendo era simplemente cumplir con lo que se había prometido en las negociaciones. Pero ahora que pasaron los años, pienso que tal vez hicimos un poco más que eso. El concepto de justicia es muy difícil cuando se está aceptando una amnistía. Al final del proceso, los que no se acogieron a esa amnistía debían ser llevados ante los tribunales. Y hasta ahora, ello no ha ocurrido. Así que en ese sentido hay una decepción ciertamente, para las víctimas y para el país.
¿Es posible la justicia retroactiva como camino de reparación y reconciliación en procesos de este tipo?
—Entiendo que es difícil; es difícil reconstruir las pruebas, aunque me parece que en algunos casos (en Sudáfrica) sería posible y sería un paso contra la impunidad. Pero hubo reparaciones y la verdad se mostró públicamente. Tenemos un juez muy valiente y famoso, que es ahora miembro del Tribunal Constitucional, Albie Sachs, que fue él mismo víctima de una bomba, y él definió este nuevo tiempo, la paz y la Constitución como "la venganza suave": lo que tenemos no es una revancha, sino nuestra respuesta que es vivir juntos pacíficamente, es la mejor forma de mostrar que somos mejores que quienes sometieron al país a un régimen ofensivo para la dignidad humana. Es, después de todo, otro concepto de la justicia.
¿Cuál es el legado que deja aquel pasado de violencia estatal contra una mayoría de la sociedad?
—Vivimos hoy en día muchos de los problemas que vienen de esa época de violencia; especialmente la ruptura de las vidas familiares de tantas personas africanas que no tenían el derecho de vivir una vida normal. Cuando vemos ahora una generación con problemas de droga, de falta de buena educación y capacitación, de alto desempleo, muchas de esas cosas tienen su causa en el período del apartheid. Pero ello también es consecuencia de entrar en los problemas del mundo. El apartheid nos aisló del mundo, pero al entrar nuevamente al mundo, también entraron los problemas de la globalización. Hay otras formas de apartheid frente a las que tenemos que actuar, sabiendo que la defensa de los derechos humanos, en este caso los económicos y sociales, nunca debe detenerse.
No es muy diferente de lo que vemos en América latina...
—Tenemos problemas similares, miseria, desocupación, enfermedades. No hay soluciones fáciles, pero tenemos países ricos, que pueden ofrecer una vida mejor a sus habitantes. Debemos buscar los recursos para hacerlo, y contar con voluntades y estrategias políticas adecuadas.
Si tuviera que decirlo en breves palabras, ¿en qué se diferencia la defensa de los derechos humanos frente a una dictadura y dentro de la democracia?
—Tenemos Constituciones renovadas, que son cartas de derechos fundamentales y una primera gran herramienta. Están allí para que los gobiernos cumplan, pero también para que los ciudadanos exijan y se organicen para defender sus derechos y para reducir la injusticia y la inequidad. Algo que es, al fin, para bien de todos. Porque los que somos privilegiados no podemos vivir bien a costa de los que sufren. Y no puede haber sociedades más seguras si no se resuelven la extrema desigualdad y las ofensas a la dignidad humana. Esa es la lucha por los derechos humanos que nos faltan hoy.
De Sudáfrica al conurbano
Mary Burton viene periódicamente a la Argentina, donde vivió hasta los 21 años, para visitar a parientes y amigos. Pero en esta ocasión, su visita tuvo carácter público por la invitación de la organización Mujeres por la Paz, la legisladora María Eugenia Estenssoro y Elisa Carrió. Durante la pasada semana tuvo una intensa agenda que incluyó una visita a la Cooperativa La Juanita que orienta el dirigente "Toti" Flores en La Matanza. Allí participó de una jornada sobre Derechos Humanos y Derecho al Trabajo. Estuvo también en el Colegio Northlands, del cual fue alumna, brindó varias conferencias y el jueves participó de la habitual ronda junto a las Madres en Plaza de Mayo. Para Estenssoro, el mensaje que deja Burton es que "muchas veces creemos que los derechos humanos sólo peligran bajo una dictadura o en tiempos de guerra. Pero los derechos humanos también pueden ser violados en democracia y en tiempos de paz. Por eso, una vez alcanzada la de mocracia en su país, Burton y sus compañeras de Black Sash siguieron trabajando junto a los pobres, contra las injusticias y por los derechos económicos y sociales".
(fin)
domingo, abril 01, 2007
La tecnología debería ser una herramienta de igualación social
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“La tecnología debería ser una herramienta de igualación social”
En la Argentina circulan alrededor de siete millones de vehículos, hay diez millones de computadoras y 24 millones de teléfonos celulares. Haciendo una cuenta ligera, uno dice: esta es una sociedad altamente tecnologizada. ¿Cómo nos llevamos los argentinos con la tecnología?
—El uso de la tecnología está difundido, masificado; pero la producción de tecnología básicamente no es nuestra; muy poco de tecnología argentina está dentro de cada vehículo, de cada computadora, de cada teléfono celular, de cada motor. Hemos incorporado abundancia de tecnología que nos ayuda —o no nos ayuda, esta es otra cuestión— a mejorar nuestra calidad de vida. En muchos aspectos, podemos también señalar que no nos llevamos muy bien con ella, a juzgar por cómo conducen automóviles los adultos, por la desmesura en el uso de los celulares o por el tipo de uso que se le da a la conectividad con las computadoras.
¿Cuándo es buena la tecnología y cuándo no lo es?
—Esa es la pregunta que se hicieron los grandes científicos del siglo XX, como Einstein y Heisenberg, que tenían formación filosófica, y más recientemente el físico nuclear Freeman Dyson. La respuesta que ellos dan es que, por regla general, la tecnología opera para mal cuando su efecto es proveer juguetes para los ricos y trabaja para el bien cuando sus resultados sirven a las necesidades de los pobres. Dicho de otro modo: la tecnología es buena cuando actúa como herramienta de igualación social; no lo es cuando acentúa las diferencias entre los poderosos y los débiles, entre los ricos y los pobres.
¿La revolución tecnológica no permite a mucha más gente tener acceso a beneficios múltiples que antes estaban considerablemente más restringidos a grupos sociales privilegiados?
—Hubo dos grandes etapas. Hasta mediados del siglo XX, la tecnología proveyó abundantemente bienes socialmente niveladores: la luz eléctrica, la heladera, la radio, el teléfono, las vacunas, las fibras sintéticas, los antibióticos, la televisión... Fueron factores de igualación social. Beneficiaron la vida de ricos y pobres, disminuyeron la brecha entre unos y otros. Pero en los últimos cuarenta años no ha sido tan así: el desarrollo tecnológico no ha venido de la mano de la equidad.
¿Cómo imagina un desarrollo tecnológico que fuera en la dirección contraria, a favor de una distribución más igualitaria de los beneficios del avance tecnológico?
—Mire, la mitad más desfavorecida de la humanidad necesita viviendas baratas, cuidado de la salud y educación accesibles a todos y de calidad. Y las nuevas olas tecnológicas prometen un desajuste todavía mayor entre la tecnología y esas tres necesidades básicas insatisfechas. Si esta brecha continúa ampliándose, llegará un momento en que los pobres habrán de rebelarse y su revuelta empobrecerá tanto a pobres como a ricos.
¿De qué modo evitar que eso ocurra?
—Creo que esa brecha profunda que existe entre las necesidades humanas y la tecnología sólo puede ser llenada por la ética, por el poder de la persuasión ética. El movimiento ambientalista mundial es un ejemplo; ha logrado grandes victorias sobre la arrogancia industrial y tecnológica. Ha hecho, por ejemplo, fracasar a la industria nuclear de los Estados Unidos, a su despliegue pacífico como fuente de energía y a su despliegue bélico a través de las armas atómicas. Los educadores, los científicos, los industriales lúcidos, deben luchar para que la justicia social gravite sobre el despliegue de la tecnología.
¿Considera del mismo modo el cuestionamiento a la modificación genética en cultivos y alimentos?
—Bueno, uno no puede dejar de reconocer que la Argentina ha transformado la economía en los últimos diez años gracias a la incorporación de la biotecnología en la producción agraria. No debería haber incompatibilidad entre ecología y biotecnología, o entre desarrollo económico e impacto ambiental, como ha quedado mal planteado en el desgraciado conflicto por las papeleras con Uruguay.
¿Cómo se resuelve esa confrontación desde el punto de vista ético?
—El cambio tecnológico conlleva dilemas éticos que no se deben eludir. Lo que hay que evitar, creo yo, es la tentación de lo que los griegos llamaron "hübris", esto es, el orgullo excesivo que lleva a los hombres a desafiar a los dioses, a colocarse ellos mismos por encima de las leyes humanas, a suponer que es posible dominar o sacar provecho sin fin de la naturaleza sin medir los costos a mediano y largo plazo.
¿Cuáles fueron las etapas de desarrollo tecnológico en nuestro país y dónde nos encontramos hoy?
—El desarrollo tecnológico acompañó las etapas del desarrollo industrial del país; hasta el 75 el crecimiento industrial significaba también la mejora del desarrollo tecnológico. A partir del 75, eso se fue a pique con toda la política neoliberal de Martínez de Hoz y cía. Con la recuperación de la democracia en el 83 se quiso retomar un camino que el país había recorrido, pero la inflación, la deuda externa y la falta de fuertes consensos políticos llevaron a una crisis que terminó con la extranjerización de la industria y de la tecnología en los años 90.
Cuando habla de "retomar un camino que el país había transitado", ¿a qué momentos y hechos se refiere concretamente?
—Hay momentos clave en la memoria de los que estamos todavía vivos: el desarrollo de la siderurgia y de la industria aeronáutica durante los años 40, con el primer peronismo, que tenía un fuerte costado apoyado en la defensa nacional y las industrias militares, pero tenía también otro costado vinculado con la innovación tecnológica que significaba la incorporación de recursos nacionales para el uso masivo y con sentido federal: se recuerda poco el hecho de que se crearon en aquellos años institutos de investigación científica en todas las Universidades del país. Con Frondizi en el 58 se produce otro gran momento; cantidad de ingenieros, por ejemplo, poblaron la administración pública, se produjo una verdadera revolución en la Universidad, que fue un gran semillero de científicos que estaban cerca de los desarrollos tecnológicos propios; en el campo de la energía nuclear, en la física, en la bioquímica, en la informática.
¿Qué ocurrió luego?
—Se fue perdiendo esa conexión entre ciencia y tecnología. Por un lado, por los golpes militares y persecusiones que asfixiaron la producción científica e intelectual y motivaron que tantos científicos tuvieran que emigrar o enclaustrarse. Por otro lado, por las políticas económicas que no entendieron la importancia de contar con desarrollos tecnológicos propios.
¿Qué enseñanza se recupera de aquel legado?
—El sistema científico argentino tiene una gran capacidad, no siempre bien aprovechada desde el campo tecnológico. Se hicieron cosas muy importantes que hay que reconocer. Una es la Agencia del Desarrollo Tecnológico, una agencia que estaba en la SECYT (Secretaría de Ciencia y Técnica) y que promueve y financia investigación auténtica y seria —por ejemplo en biotecnología. Uno puede tener las críticas que quiera sobre el Gobierno, pero demuestra tener conciencia de lo que significan la educación, la ciencia y la tecnología, y está aumentando el apoyo financiero, mejoraron los sueldos y el respaldo para la investigación aunque estemos todavía lejos de los estándares internacionales.
Si tuviera que proponer cosas concretas en materia de desarrollo científico tecnológico, ¿qué recomendaría?
—Una idea es que la política tecnológica debería estar radicada en una secretaría del Ministerio de Economía. El mismo rango que tiene la secretaría de Ciencia en el ámbito de la educación y su ministerio debe tener una secretaría de Tecnología en Economía. No se trata de un cambio burocrático más; expresa una concepción estratégica del desarrollo tecnológico, que debe estar incorporado a una visión integral del desarrollo, como la tienen los brasileños, sin ir más lejos. Es entender que no hay desarrollo de un país sin un amplio movimiento cultural y socioeconómico que lo sustente y políticas estatales que lo promuevan.
La fórmula Sábato-Sadosky
El 15 de febrero, el Gobierno oficializó la constitución de la Fundación Manuel Sadosky que tiene el propósito de que la Universidad, la industria y el Estado unan sus esfuerzos con el auxilio de la informática. "Es una conjunción dinámica que trae a la memoria el 'triángulo virtuoso' que proponía el ingeniero Jorge Sábato como estrategia para el desarrollo tecnológico", explica Héctor Ciapuscio, que conoció de cerca a Sabato y Sadosky y compartió con ellos un compromiso de toda la vida. "La idea es que los centros y grupos que se crearán en varios puntos del país brinden soluciones de investigación y desarrollo a las industrias y los servicios que lo requieran. Creo que es una idea de enorme significación futura y que hubiera hecho inmensamente feliz a don Manuel y a Sábato. Los dos componían una síntesis perfecta de lo que el país necesitaba: Sadosky era el impulso de la ciencia, de la investigación básica. Sábato representaba el impulso del desarrollo tecnológico y la investigación aplicada. Murió justo cuando el país más lo necesitaba, en 1983" recuerda Ciapuscio.
(fin)