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martes, marzo 31, 2009

El obsesivo de la democracia


Me acabo de enterar de la muerte de Raúl Alfonsín. Con él se va una parte de mi vida, la que va de 1983 a 1989. Fui a algunos de sus reuniones proselitistas de 1983, incluyendo el famoso acto en la avenida 9 de Julio, y también en la tristemente inolvidable Semana Santa de 1985, por contar algunas de las vueltas de la vida que me vinculan con este hombre. Esta nota de Soledad Gallego Díaz, publicada en el diario español El País el 1 de abril de 2009, refleja bien lo que pienso de él.

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Raúl Alfonsín, el ex presidente que sentó en el banquillo a los 15 jefes militares que protagonizaron la feroz dictadura argentina, acusados de 30.000 asesinatos y desapariciones, falleció ayer, a los 82 años, en su domicilio de Buenos Aires. Alfonsin padecía un cáncer de pulmón, pero su larga enfermedad no suavizó la conmoción que han sufrido todos los sectores sociales, políticos e intelectuales del país.

Alfonsin, el único presidente de la democracia argentina que no ha tenido que vérselas en los tribunales por acusaciones de corrupción, recibió en los últimos años de su vida el respeto de casi todas las facciones políticas, que le reconocieron finalmente su enorme tarea para asentar la democracia en momentos muy difíciles y su extraordinaria honestidad personal.

Tres hechos definen la personalidad y la trayectoria de este abogado y político radical, que ganó las elecciones en 1983 y tuvo que hacerse cargo de un país arrasado económica y moralmente. En plena dictadura militar, Alfonsín ayudó a fundar la Asamblea Permanente en Defensa de los Derechos Humanos y se hizo cargo de multitud de casos de desaparecidos. El fue también uno de los poquísimos políticos argentinos que en 1982, en medio de la euforia general por la "recuperación" de las Malvinas, se negó a participar en un acto "patriótico" organizado por los militares en las islas. Para él, aquella guerra fue "una aventura demencial".

Recién elegido presidente de la República (eran las primeras elecciones celebradas después de la muerte del General Perón, en 1974, y de los casi ocho años de dictadura), Alfonsín puso en marcha una Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, presidida por el escritor Ernesto Sábato, que elaboró el impresionante informe "Nunca Más". Gracias a aquel trabajo, el presidente de Argentina, en un hecho inédito no solo en América Latina, sino también en el resto del mundo, acusó formalmente a quince altos mandos de las Fuerzas Armadas por los crímenes cometidos. Los integrantes de la Junta Militar recibieron cadena perpetua. Era la primera vez que los responsables de un golpe militar no se iban tranquilamente a sus casas, a disfrutar de sus pensiones y rapiñas.

La operación de limpieza de las terribles Fuerzas Armadas no pudo proseguir en otros niveles, porque, sometido a una intensa presión y a dos rebeliones, (los carapintadas), Alfonsin se vio obligado a dictar la muy criticada Ley de Punto Final y de Obediencia Debida, que dejó en la calle a decenas de oficiales de menor rango, igualmente asesinos.

Sus mayores errores, sin embargo, se produjeron en el área económica, donde no supo hacer frente a una dura crisis, que se sumó al lastimoso estado de la industria que había heredado de la dictadura. Agobiado por una espiral de hiperinflación, por el permanente acoso de los peronistas y de los sindicatos, que sacaron a la calle a los ciudadanos y le organizaron ocho huelgas generales (cuando no habían convocado ninguna durante la dictadura), Alfonsin entregó el poder, cinco meses antes de acabar su mandato, al peronista Carlos Menem. Por primera vez, Argentina era escenario de un traspaso democrático y legal del poder.

"Le voté, luego le critiqué y ahora me arrepiento". La frase, de unas de las cientos personas que llamaron ayer a las radios argentinas para expresar su homenaje a Alfonsín, refleja bien el sentir, ayer, de muchos argentinos. Pese a todos los errores, el ex presidente es en la memoria de los argentinos el símbolo de la democracia y la honestidad política. "No se ha resaltado suficientemente que Raul Alfonsín, el político más importante de la democracia argentina, fue un hombre de consenso, que estimaba por encima de todo la defensa de la democracia y el diálogo", explica Joaquín Morales Sola, uno de los más comentaristas políticos, más famosos y apreciados del pais. Morales recuerda la frase de Alfonsín, "La política, cuándo no es dialogo termina siendo violencia" como definitoria de su personalidad. "Su muerte", asegura Morales Solá, "quizás sirva para recordar que una sociedad no puede vivir permanentemente en la crispación y el enfrentamiento, como sucede ahora".

Alfonsin fue efectivamente un hombre de dialogo y de paz (promovió el decisivo tratado con Chile sobre el Canal Beagle) y un decidido partidario de la unificación latinoamericana (fue uno de los creadores de Mercosur). "La democracia", decía, "es un proyecto de largo plazo. No importa como me juzgue a mi la historia. Lo que importa es que haya ayudado a salvaguardar la democracia". Esa fue su obsesión.

(fin)

viernes, julio 18, 2008

Los errores del kirchnerismo

El periodista Martín Caparrós enumera en esta nota publicada en el diario porteño Crítica el 18 de julio de 2008 los errores cometidos por el kirchnerismo en más de cuatro meses de conflicto con los empresarios ruralistas por los impuestos a exportaciones agropecuarias.

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Frankestein

No se enfrentaban a nadie. Hace cuatro meses, cuando empezó este baile, sus peores enemigos eran la inflación, las sospechas de corrupción, el INDEC, la posibilidad de que, si acaso, a Macri no le fuera tan mal, o sea: no tenían enemigos. Sin embargo, empezaron a hablar como si los tuvieran –y todo parecía tan extraño. Hasta que consiguieron producirlos.

“Si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales”, dice el teorema de Thomas, un sociólogo americano que trató de sintetizar la idea de profecía autocumplida. Digo: la mayoría de los argentinos estamos a favor de las retenciones a las exportaciones de materia prima –agropecuaria, petrolera, minera. O, por lo menos, hasta el 11 de marzo, muy pocos estaban en contra. Ni siquiera los más feroces camperos discutían su existencia. Y después discutieron su monto –con perdón–: sólo su monto.

Por eso no creo que el tema de estos días sean esas retenciones, algunos puntos más o menos: lo que se discute, ahora, es el resultado de una de las series de errores políticos más notables de la historia argentina reciente.

Primero fue esa resolución 125 llena de errores técnicos y fundada en el peor error político: no diferenciar a grandes y chicos y empujar a las rutas a una cantidad de gente que jamás habría salido si el Gobierno hubiera establecido esas diferencias. Ahí empezó todo: el Gobierno creó la masa crítica en su contra y posibilitó una alianza inverosímil entre chacareros y terratenientes.

Su otro error original fue no hablar, desde el principio, de redistribución. Empezaron por decir que se llevaban esa plata sin decir para qué, y tardaron meses en ofrecer unas promesas vagas y etéreas, sin anuncios concretos. Y, además, omitieron coparticiparla, con lo cual se peleaban con sus aliados provincianos.

Justo después vino otro error: aquel tono crispado que la mayoría no entendió ni consideraba necesario, y que los alejó de mucha gente que hasta entonces los apoyaba. Y que no enmendaron cuando vieron que no funcionaba; al contrario, redoblaron la apuesta y empezaron a hablar de golpes, de grupos de tareas increíbles.

Hasta el error final: tras meses de idas y venidas, y sin ninguna convicción, porque no encontraban otra vía, mandaron la resolución al parlamento: era obvio que el debate aumentaría los conflictos y divisiones que ya asomaban en su propio bloque de poder. (Y dejamos de lado mucho error menor. Los técnicos, como aquel que hizo que la retención rechazada ayer terminara favoreciendo a la soja sobre el maíz y el trigo, por ejemplo. O los de esta semana: salir a la calle el martes a perder una pelea cuantitativa que nadie les obligaba a dar, no ser capaces de calcular los resultados del Senado, comprarse a Saadi cuando ya no servía.)

También fue un error hacer de este conflicto una cuestión de supervivencia, todo o nada. ¿Ahora cómo van a hacer para explicar que la derrota no fue tan importante? Los errores son legión pero truena, por encima de todo, el gran error: la creación de Frankenstein, el monstruito enemigo.

Frankie es un espanto: la mezcla más extraña, la receta que nadie habría podido imaginar –Urquía y la CCC, Buzzi, Carrió y Barrionuevo– y actúa abominable muchas veces: racista, clasista, gorila de opereta, patriotero. Otras, en cambio, se pone inteligente o astuto o eficaz, progre o conserva, tan variado. Es obvio que va a ir perdiendo piezas: la Rural y Castells no pueden seguir juntos mucho tiempo. Pero aún así le van a quedar varias y quién sabe adónde irá; para facilitarle el camino, quedará en millones de personas esta sensación de antagonismo con el Gobierno, de que nada de lo que haga va a estar bien. Y todo lo consiguieron casi solos, por sus propios méritos.

El rechazo de las retenciones, en cambio, fue mérito –o demérito– de muchos otros. Fue un triunfo de la política, de lo que me gusta entender por política: la participación y la movilización en pos de un objetivo. Es casi un chiste cruel que el mayor ejercicio de democracia directa de los últimos tiempos haya llegado de la mano de algunos que muchas veces se cagaron en la democracia: es otra de las contradicciones de esta historia de contradicciones incansables. Aunque hay cierta justicia poética en el despropósito: al kirchnerismo le ganó la participación que sus jefes deberían haber encarnado y fomentado –por supuesta tradición, por supuesto proyecto– y siempre despreciaron, hasta que, en pleno susto, convocaron a otro rejunte extraño.

Digo: un triunfo de la política. Un gobierno lanza una medida como han lanzado todas sus medidas los gobiernos recientes –por decreto o resolución, sin consultas, puro poder ejecutivo– y, por una suma de razones, mucha gente decide oponérsele y para eso sale a la calle, a las rutas, se hace oír como puede, presiona a sus representantes, consigue su objetivo.

A mí me gusta que la política suceda en la calle porque implica un descontrol, en sentido estricto: cantidades de personas moviéndose sin el control de los que siempre nos controlan, un momento fluido, imprevisible. Si los gobernantes supieran lo que les conviene, quizá tratarían de reemplazar esta movilización por referéndums. Estos cuatro meses de marchas y contramarchas, errores y pavadas, podrían haberse evitado con la limpieza de una consulta popular: dos semanas de debates, votación y a los bifes.

En cualquier caso, ganó la versión menos mediada, más movilizada de la política: una democracia un poco más directa, menos presa de sus “representantes”. Ojalá sea un ejemplo: que el mismo grado de movilización pueda reclamar que los hospitales no sean chiqueros, que en las escuelas se enseñe, que los transportes funcionen, que los más pobres coman, que haya igualdad en serio. Que la movilización no quede sólo del lado de los que quieren –un poco más de– plata.

Fueron meses muy raros –que no se han terminado. Me pregunté mucho, durante este conflicto, cuál era la pelea real, detrás de los puntitos porcentuales. Distintos sectores tenían peleas distintas pero, en general, creo, peleaban por sus ideas diferentes del Estado. El Estado es el eje de la política kirchnerista.

El Gobierno intenta la recuperación de un poquito de Estado y se pelea con los ricos y medio ricos que se acostumbraron a disfrutar del no-Estado que Videla y Menem impusieron. El Gobierno hace un uso módico de ese Estado y no convence a los pobres y no tan pobres que querrían que les volviera a asegurar lo que les debe, lo que les cobra en impuestos. Es el problema típico de estas políticas nichinili: demasiado para algunos, insuficiente para muchos. Y un corolario: no hay nada peor que alguien que hace, en nombre de una idea política, algo distinto de ella. No sólo no la concreta sino que, además, cierra espacios para los que quieren seguirla realmente.

Mientras tanto, el Gobierno va a tener que buscar un rumbo. Frankie ahora amenaza y se lo hace más difícil. Cuando asumió Fernández se dijo que mantendría el gabinete de su esposo hasta abril y que recién entonces –¿por qué entonces?– formaría el suyo propio: quizá sea el momento.

De hecho, varios opositores empiezan a deslizar que ya es hora de que el ex presidente deje gobernar a su mujer –y le atribuyen la derrota, en una versión actualizada de la “teoría del cerco”: ella es más buena, él es el malo, Néstor como el Lopecito de Cristina.

El Gobierno tiene que hacer algo. Podrían pensar que su mínima política de alianzas les dio pésimos resultados –un tal Cobos– y que deben abroquelarse y que, en su soledad, les conviene profundizar esas reformas con las que amenazan. O pensar que les conviene abrir y negociar, tratar de seducir a las clases medias que perdieron.

Hay, por supuesto, muchos caminos intermedios para oponerse a Frankie. Pero ahora la Presidenta está, como corresponde, en Resistencia, donde dice que es un día muy especial por “la recuperación” de Aerolíneas Argentinas, y muy triste porque ha muerto un amigo querido, testigo de su casamiento, y después habla de la infraestructura del Chaco y del aumento de las inversiones extranjeras y muchas gracias buenas noches. Del otro lado hay un país que se quedó esperando. Frankie avanza.

(fin)

martes, enero 22, 2008

¿Hasta dónde puede llegar el derecho a la protesta?

El constitucionalista Roberto Gargarella -profesor universitario en Buenos Aires, Nueva York, Barcelona y Oslo- escribió en su blog un cuento irónico para rebatir al Fiscal General porteño, Germán Garavano, quien anunció su intención de restringir el derecho a la protesta y sancionar a quienes organicen cortes de calle para reclamar sus derechos. Gargarella, abogado y sociólogo que ha estudiado en Buenos Aires, Oxford y Chicago, sostiene que el derecho a la protesta merece una "ultra protección" porque es el que garantiza el resto de los derechos. En esta entrevista difundida el 21 de enero de 2008 por la agencia La Vaca, desarrolla su posición y, a continuación, se reproduce el cuento que el académico le dedicó al diario La Nación y al fiscal Garavano.

¿Qué opina de la instrucción del Fiscal General porteño, Germán Garavano, de limitar el derecho a la protesta en los espacios públicos?

Las declaraciones de Garavano me impactaron mucho, sobre todo por sus argumentos de que estas restricciones contribuyen a la convivencia. Las iniciativas que tomó tienden a socavar la convivencia, no a ayudarla. Me asombra que una medida que es básicamente restrictiva de la protesta social sea presentada como una contribución al dialogo, porque en verdad es una contribución al silenciamiento. Estas medidas hacen más difícil la queja para sectores que les cuesta expresarse. Y digo esto sin asumir que todas las procesas son del mismo tipo y que todos son de la misma legitimación. Uno puede hacer todas estas disquisiciones y, sin embargo, seguir insistiendo en la ultra protección que merece la expresión crítica.

¿Por qué el derecho a la peticionar a las autoridades merece para usted una ultra protección?

Porque el derecho a la protesta nos ayuda a garantizar a todos los demás derechos. Habría que reconocer esa especial importancia que tiene el derecho a la crítica, sobre todo en un contexto como el nuestro. Obviamente que esta situación no puede ser comparada con lo que ocurre con países del Primer Mundo, donde se parte de situaciones de derechos básicos asegurados para todos y uno puede ser exigente respecto de cómo se formula la crítica. Cuando el punto de partida es un lugar de fuerte e injustificada desigualdad para muchísimos sectores con enormes dificultades expresivas, lo que hay que hacer desde el punto de vista legal es dar una ultra protección a la expresión crítica y no hacerla más difícil.

Justamente, una de las muletillas que usa el macrismo para defender la nueva política fue subrayar que “en las sociedades civilizadas nadie corta las calles para protestar”

Yo viví en Noruega. Si allí a mí me dicen que avise antes de tomar la calle, puedo entenderlo. El Estado me dice: a usted le aseguro la salud, le aseguro la vivienda, le aseguro que si no tiene trabajo no le voy a soltar la mano, entiendo que ese Estado me reclame que cuando me quejo no moleste a nadie. Pero en una situación donde me maltratan, me descuidan, donde el estado es mi enemigo, como ocurre en la Argentina, me parece un despropósito.

¿Por qué cree que Garavano está tan interesado en defender el derecho a la libre circulación y no emite posición sobre otros derechos incumplidos consagrados en la Constitución, como el derecho a la vivienda, la salud o el trabajo?

La respuesta sencilla, que no tomaría como primera, sería decir que Garavano es una persona que viene del FORES, una organización que escribió el contrainforme del Nunca Más. Sabemos quiénes son y de donde vienen. Pero tratemos de mostrar las cosas de otro modo y digamos que la suya es una visión instalada dentro de cierta elite dirigente y muy especialmente en el ámbito de la justicia argentina, que es muy elitista. No lo tomo como una conspiración de esta elite judicial sino como el sentido común de un sector, de una clase.

El discurso de Garavano tiene cierto matiz innovador en los discursos de restricción a la protesta en los espacios públicos. No plantea ahora la prohibición, sino la regulación: avisos previos, permisos en determinados lugares y no otros. ¿Usted cree que un avance?

Creo que es el reconocimiento de la situación casi troglodita en la que estábamos. Ahora es mas difícil decir ciertas cosas. Antes había cierta impunidad. Ahora estamos lejos de estar en una buena situación, pero está claro que por vergüenza hay mayor cuidado de no decir cierto tipo de cosas. De todas formas, hay que enfatizar que estamos perdiendo una gran cantidad de energía intelectual en una disputa por lo obvio: la reivindicación del derecho a la protesta. El día que me digan: “Ganaron, el derecho a la protesta merece la máxima protección”, vamos a tener que decir que esa no era la batalla. La batalla es por asegurar los derechos básicos que el derecho a la protesta viene a proteger: el derecho a la alimentación, a la vivienda digna, a la salud. El derecho a la protesta es un derecho fundamental, pero es instrumental: sirve para el reaseguro de los otros derechos.

Otra innovación de la propuesta de Garavanno es sancionar a los organizadores de las protestas, ¿cuál es su lectura?

Me parece que es una buena oportunidad para ir por las cabezas generadoras del conflicto. En nuestro país, que se ha concentrado tanto la riqueza, ahora es más identificable quienes son los generadores de ciertos conflictos. Si quieren ir por las cabezas organizadores del conflicto es una buena oportunidad en un momento que la Argentina es más desigual que nunca. Pero lo que me parece, en realidad, es que están queriendo ir por las cabezas equivocadas.

¿Reconoce cierto tono demagógico o tribunero en las declaraciones de Garavano?

Esta claro que el tema está en boca de muchísima gente. Al menos yo lo percibo en los cafés, en la calle. Mucha gente de la ciudadanía porteña habla de que la cuestión del desorden del tránsito. También es importante decir que el que defiende el derecho a la protesta no defiende el caos, ni piensa que las personas que llegan mas tarde al trabajo no son afectadas. Por su puesto que son afectadas y que la ciudad a veces es un caos, sin embargo se trata de aclarar los tantos: la contribución a la convivencia, al diálogo colectivo, pasa por el contrario, no por socavar las posibilidades de seguir criticando, sino por prestar atención a las críticas. El poder tiene problemas para tomar en serio el tipo de problemas sociales que hoy enfrentan grandes sectores de la población: la precarizacion del trabajo, el mal pago, dificultades para conseguir buen empleo, dificultades para ser tratados como personas. A mí lo que me hubiera gustado es ver la mayor sensibilidad posible para resolverle el problema al que se queja, pero lo que están diciendo es que hacen el mayor esfuerzo para el que se queja no moleste a los demás. Ponen las fichas en el lugar equivocado. Para que no haya reclamos, hay que solucionar los problemas

A partir de la crisis del 2001 aparecieron nuevos métodos de protesta, sobre todo en el espacio público, ¿cree que la dirigencia política y judicial no está preparada administrarlos y por eso terminan judicializando estas manifestaciones?

Uno puede ser incapaz y trabajar en pos del fortalecimiento o el debilitamiento del derecho. Pero no se trata de mera incapacidad -que la hay-, es incapacidad ideologizada, con cierta orientación, sistemáticamente vinculada con un tipo de respuesta. Es un secreto a voces dentro del poder judicial que ciertos ámbitos responden a una manera de pensar elitista, de clase. Del poder político, por su propia lógica, uno no puede esperar que sea especialmente sensible del reclamo de la minoría. Si el poder político lo que quiere es el voto mayoritario, los incentivos están dirigidos a que le presten mas atención al reclamo mayoritario que del minoritario. Ahora de la justicia uno espera lo contrario, dado que no depende de las elecciones para ocupar sus cargos.

Para usted, ¿es aplicable el planteo de Garavano?

Sí es aplicable, como son aplicables las medidas represivas. Pero las cosas van a seguir saltando, cualquiera sea la reglamentación. Si ponen una reglamentación para que nadie grite a la noche y a mí me pegan un martillazo en la mano a la noche, voy a gritar.

El cuento que usted escribió a raíz de la entrevista que Garavano concedió a La Nación fue reproducido por algunos blogs afines a la idea de prohibir la protesta. Las respuestas de los bloggers fue sumamente agresiva. ¿Qué significa para usted la aparición de ese tipo de mensajes?

El cuento fue objeto de una súbita reacción dentro del micromundo de los blogs. Pero dentro de ese micromundo se abrió una veta que no había aparecido, vinculado con un grupo de gente muy militante en ciertas ideas de derecha –lo digo descriptivamente, no acusatoriamente- que mostraron un nivel de agresión inusitado. Creo que lo que demuestra es la subsistencia de un sector de pensamiento marcada por un enorme resentimiento por lo que ocurre, por los cambios que ha habido en materias de derechos humanos. Estoy acostumbrado a que en la vida de los blogs aparezca el exabrupto, la barbaridad, que es casi divertida. Pero acá me llamó la atención un nivel de agresión extraordinaria: hablan de “los que lavan la cabeza a la gente”, “las lacras garantistas que responden a Zaffaroni”. Nunca se me ocurriría pensar que el que tiene ideas opuestas a las mías sea una lacra.

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Un cuentito con La Nación y el fiscal Garavano

Según nos informa La Nación de hoy, "La reciente sentencia que envió a una decena de sindicalistas de la construcción a pintar escuelas por haber hecho piquetes simultáneos y sorpresivos en calles porteñas es sólo el principio de una nueva política de la justicia de la ciudad: el fiscal general porteño Germán Garavano reveló que pondrá en práctica una nueva estrategia para castigar los cortes de calles. Consistirá no sólo en identificar y sancionar a los piqueteros, sino en castigar a los líderes de las organizaciones gremiales o sociales que realicen estas manifestaciones fuera de la ley."

En su "análisis" de la noticia, Norberto García Rozada -de la redacción de La Nación-considera que la iniciativa constituye "un aporte apreciable para mejorar la convivencia social" -tal es el título de su nota.

De este modo, el comentarista se hace eco de las alegres declaraciones del fiscal Garavano, quien por su parte sostuvo: "Queremos preservar la convivencia haciendo responsables a los que tienen dentro de las organizaciones el poder para alterar ese equilibrio."

Así que éste es el modo de preservar la convivencia social? O sea que la prioridad frente al conflicto social es que los más perjudicados no nos molesten?

Pienso en esta historia:

Una mujer que grita cada noche, cuando llega el marido embriagado y comienza a golpearla. Cansados de tanto escándalo, los vecinos juntan firmas y escriben una carta a La Nación. Al tiempo, se apersonan frente a la casa conflictiva un cronista de La Nación, Macri, sus laderos Burzaco y Rodríguez Larreta (acompañados de personal adjunto, de planta), en delegación encabezada legalmente por el fiscal Garavano. Todos ellos en representación de los vecinos afectados por los gritos.

Tocan el timbre en la casa del marido golpeador y la mujer gritona. El fiscal labra un acta, y le indica a la mujer los horarios en que no puede gritar. "Los vecinos quieren dormir" -le dice, con gesto suave. "No queremos que moleste más a sus vecinos" afirma, sonriente pero firme.

Rodríguez Larreta, que es moderno, pide la incorporación de cristales aislantes en el dormitorio, que es el lugar de donde provienen los gritos (sin que nadie lo vea, les pasa un presupuesto).

"Que no nos despierte más con sus gritos!" -gritan los vecinos. "Ya estamos cansados" -brama algún otro, mientras aplaude al fiscal. "Bruja!" -se le escapa a Burzaco.

"¿Pero cómo, y el marido golpeador?" -pregunta una mujer (seguramente feminista) que pasaba por allí.

Mientras, la mujer golpeada grita (es que se trata de una mujer que no para de gritar): "Por favor, no me abandonen detrás de los vidrios aislantes" (Alguien le tapa la boca, parece que es el abogado de Di Zeo pero no logro identificarlo. Tal vez sea el propio Di Zeo. O tal vez el propio Garavano, con guantes que reparten en el FORES para las llamadas "operaciones especiales").

"Auxilmmm, me golpmmmm" -vuelve a protestar ella, tratando de zafar, infructuosamente, de quien la amordaza.

Y Macri: "Eh, otra vez con las ideologías" -se queja. "Ya lo decía Ayn Rand!" - agrega, mientras mueve la cabeza a uno y otro lado, como no entendiendo.

Y la troupe que lo rodea: "Eso, eso, basta de ideologías!"

"Zurda!" -se le escapa a Burzaco.

El periodista de La Nación vuelve a la redacción, y escribe su nota, a la que titula "Otro aporte apreciable para la convivencia social."

Scioli y el progresismo de la Provincia que lo acompaña toman cuidadosa nota de los avatares que sacuden a la ciudad. Al gobernador sólo le preocupa una cosa: la posibilidad de que la mujer que grita(ba), que trabaja en Provincia, pida ser atendida en un hospital de su jurisdicción. "Ahora que se la arreglen ellos" -piensa (o más bien exclama, sin pensarlo demasiado).

(fin)

sábado, octubre 27, 2007

Elección presidencial con nombre de mujer


Mi colega periodista y pastora evangélica Claudia Florentín hace un análisis de las dos postulantes con mayores chances en la elección del 28 de octubre en la Argentina, desde una visión de género, un punto de vista que ha escaseado en los grandes medios de comunicación argentinos. Publicado el 25 de octubre de 2007 por la agencia ALC.

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Elección presidencial con nombre de mujer

Me han dicho “¡Qué bien dos mujeres candidatas a presidenta en Argentina!”. Para mí, que sea una mujer la que ejerza el gobierno no hace a ese proyecto de Nación, plural, diverso y con metodologías participativas. Se necesita mucho más que una cuestión biológica para hablar de políticas que permitan un cambio en la postergada realidad de las mujeres. Hay que distinguir el hecho de que una mujer logre un cargo político y eso le de ascenso personal, a que su ascenso tenga repercusión sobre la realidad del colectivo de mujeres y permita el empoderamiento.

Sí es plausible que la sociedad argentina se anime a votar a dos mujeres, cuando hace apenas 5 años hubiera resultado muy difícil aún pensarlo. En el mundo el panorama no varía demasiado; el Informe mundial de Social Watch revela que sólo hay una docena de mujeres elegidas entre 200 jefes de Estado. Quisiera hacer un somero análisis de las dos mujeres que se presentan como las principales candidatas a la Presidencia de la Argentina.

Cristina Fernández de Kirchner: es candidata por el Frente para la Victoria, el partido creado por su esposo, el actual Presidente de la Nación, y que reúne fundamentalmente a peronistas que le son afines y un sector dirigente de la centenaria Unión Cívica Radical (UCR). Cristina es abogada, tiene 54 años y una larga trayectoria que se inicia en la Juventud Peronista de la década del 70.

La primera dama es todo un tema de discusión en la sociedad argentina. Hay quienes dicen que siempre llegó detrás de su esposo, que llegó por él, que está porque es “esposa de”. Yo creo que no, que ella llegó por méritos propios. ¿Cuales méritos? La inteligencia y la astucia, el manejo de poder, y el de saber formar y mantener una pareja política donde, como siempre en el peronismo, él es que debe llevar la banda, o por lo menos, llevarla primero. Otros casos; Evita e Hilda Duhalde. El peronismo es, como casi todo en la política vernácula, profundamente machista y patriarcal. Quien llega al poder es porque sabe negociar, y se sabe que para negociar siempre hay que resignar cosas. Y las mujeres históricamente resignamos el doble, como nos cuesta todo el doble.

Cristina a mi ver resignó espacios durante estos años, espacios públicos digo, porque sabía que armaba así su estructura sin herir el orgullo del macho. Los espacios que resignó no sé cuanto le costaron en lo personal, pero en este tema no creo que a ella le pese llegar después que Néstor....son reglas del juego de la pareja poderosa. Además, ¿quién en el peronismo habría aceptado a Cristina como candidata hace 5 años?

Aún aceptando lo antes dicho, no me gusta que digan que llegó a la sombra del marido y usando los recursos políticos de su esposo gobernador para ascender. En todo caso acordemos que los dos usaron siempre los recursos del estado porque, como todo político argentino, es desde la plataforma que nosotros le damos con el voto que siguen ascendiendo. No hay ética política en estos casos, aunque debería haberla. Si hubiera sido al revés la historia no se si se atreverían a decir que él llegó a la sombra de ella. Siempre somos las mujeres las sospechadas de “trepadoras” o manipuladoras. Hace un tempo empezó a circular el rumor de que la senadora vivía con medicación psiquiátrica, que necesitaba tiempos para descansar, que era “histérica”. No recuerdo que de algún otro presidente o candidato se hayan dicho comentarios similares. Cuando las mujeres, bien o mal, de acuerdo o en desacuerdo, nos ponemos a trabajar y a intervenir, somos calificadas de “locas”. ¡Y mire que hemos tenido hombres con características para psiquiátrico!

El cuidado por la estética es una de las características de Cristina Fernández que es aprovechado por sus detractores para tacharla de frívola y superficial. Cuando la candidata Carrió no cuidaba su aspecto físico, se la tildaba de “abandonada”; cuando Cristina se arregla, a su gusto y placer, es “frívola”. Otra característica de la lectura sesgada de nuestros actos que debemos soportar las mujeres.

Cristina no habla de Dios; no recuerdo haberle escuchado términos religiosos. El gobierno de su esposo se ha caracterizado por las peleas con la jerarquía católica. En temas urticantes de la agenda de las mujeres, que casi siempre se riñen con la moral religiosa de la mayoría, Cristina no sale del molde: está contra la despenalización del aborto y no emite opinión sobre otros ítems espinosos. Prefiero ciertamente que los candidatos no hablen de Dios o de la fe en vano, como lo han hecho en pasado tantos candidatos que supimos conseguir.

Yo afirmo que Cristina es machista, y aunque ahora haya cambiado el discurso hablando de “nosotras, las mujeres”, sus recursos, metodologías y políticas no tuvieron nada de visión de género.

Sus discursos fueron mutando al ritmo del avance de la otra candidata: Elisa Carrió. Cristina decía al principio: “nunca he concebido al género como un espacio de confrontación, yo creo en el espacio del género como en un espacio de articulación y cooperación del otro”; meses después afirma: “queremos espacios, porque nos lo merecemos, hemos demostrado talento, fuerza y coraje, y vamos por los lugares que las argentinas nos merecemos”.

La mirada de género no nos nace de la noche a la mañana, es un largo y arduo camino de auto conocimiento, reflexión, luchas, dolores y alegrías, deconstrucción y empoderamiento, y yo no creo que Cristina haya hecho precisamente ese camino.

Elisa Carrió: La llaman “Lilita”. Es líder de la centrista Coalición Cívica, integrada por Afirmación para una República Igualitaria (ARI), Unión por Todos, radicales disidentes, peronistas, socialistas y demócratas cristianos.

Es abogada, tiene 51 años y proviene originalmente de la Unión Cívica Radical, de la cual se cansó en el 2001. Creó un nuevo espacio político, el ARI, con el que logró reconocimiento popular, especialmente con sus anuncios y denuncias que la hicieron temida entre políticos de toda talla.

Carrió se ha rodeado en los últimos tiempos de profesionales que llevan años de lucha por los derechos de las mujeres. Ella misma, en un discurso en el Parlamento mientras se discutía la Ley de Salud Reproductiva decía: “Quiero aclarar que hablo como feminista y por el derecho de las mujeres a ser personas. Esta es una ley que incumbe a las mujeres de este país y por eso es que puede ser objeto de tantas presiones e indiferencia. La presión, la indiferencia y el desconocimiento han sellado la herencia de la cultura machista sobre las mujeres. En esta concepción, el cuerpo de las mujeres -no solo su mente- ha sido objeto de dominación. En consecuencia, se puede establecer una clara diferencia entre la autonomía de la libertad de los hombres y el destino de las mujeres. Los hombres siempre pudieron decidir. Las mujeres siempre llevaban en sus cuerpos un destino. En consecuencia, las mujeres no tenían toda la libertad de la que gozaban los hombres.”

Profundamente católica, Carrió se ha pronunciado en contra del aborto, rosario en mano. Su perfil religioso la ha colocado cercana al Primado argentino Jorge Bergoglio, enemigo acérrimo del gobierno actual. No tengo problemas en que una candidata diga que es creyente, pero la ostentación que Carrió hace de cruces y vírgenes me ha generado molestias; tal vez porque siempre me despertaron suspicacias las personas que se cuelgan cruces como si eso significara algo en la praxis de fe. Si llega a ser presidenta, deberá tener mucho cuidado con los mensajes gestuales y simbólicos para proteger y fortalecer el estado laico que queremos.

Como mujer, Carrió se vio enfrentada cientos de veces a la cuestión estética. En una sociedad que enloquece por el talle, los modelos y la extrema delgadez, su figura contundente generaba risas, burlas y comentarios del tipo, “la gorda Carrió”. En varios momentos de su carrera política, sin dar importancia a las groserías y banalidades, se enorgulleció de su figura y no le dio importancia alguna al aspecto físico. De todos modos terminó adelgazando y mejorando su aspecto, creo yo que presionada por la imagen pública que no sabe separar, en el caso de las mujeres, la paja del trigo. Nadie critica al candidato Lopez Murphy por tener panza o a Lavagna por estar calvo.

Considero que Carrió ha hecho un camino que le permitiría entender mejor cuando pedimos colocar en la agenda nacional los temas de las mujeres; pero temo que varios aspectos de su formación le impidan ver con la pluralidad necesaria, en un país de corte católico pero con una diversidad cada vez más creciente.

La Argentina votará, el próximo domingo, entre más de diez candidatas y candidatos. Más allá de las broncas, las indecisiones, los temores y las certezas, me siento profundamente agradecida a Dios por la oportunidad de votar y por poder enseñar a mis pequeños hijos que en la democracia, aún con todo lo que falta por mejorar, hombres y mujeres tenemos posibilidades de elegir y ser elegidas.

(fin)

lunes, septiembre 24, 2007

El embole

Un análisis de la política argentina hoy, a poco más de un mes de las elecciones presidenciales del 28 de octubre, del periodista Eduardo Aoliverti, publicado en el diario porteño Página/12 del 24 de septiembre de 2007. El título es de la nota original.

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El periodista piensa en lo aburrido y previsible del panorama político en general. Y en que a él mismo lo aburre. Se dice, luego, si no será hora de preguntarse acerca de cuánto (la mayoría de) esta sociedad desea profundizar algunos cambios. O cuánto quiere, más bien, quedarse donde está.

Se conoce como profecía autocumplida aquello de un hecho, cualquiera, que terminará consumándose al margen de aparecer avatares modificatorios, sencillamente porque el o los protagonistas están convencidos de que el hecho sucederá de todos modos. Pasado a lo electoral-presidencial, los argentinos están seguros de que ganará la candidata oficialista. Los que la votarán, y los que no, tienen idéntica seguridad; y ese convencimiento –que se muestra entre las propias filas opositoras– sigue indemne a pesar de lo ocurrido en Córdoba y Chaco. En ambas provincias se daba por descontado un amplio triunfo de los caballos del comisario. Pero ocurrió que Luis Juez hizo una elección notable y que, no importa lo que arroje el escrutinio final (trucho o lícito), el vencedor político es él. El no sospechado es él. El que tiene todo para crecer es él. Y en Chaco, otro tanto. El ganador es Capitanich. El y Juez eran los gorditos a quienes mandar al arco y resultó lo que resultó. ¿Por qué no imaginar que lo mismo podría ocurrir en las elecciones presidenciales? ¿Por qué no pensar que, frente al cúmulo de episodios desfavorables para el kirchnerismo (inflación, Indek, valijas, baños, Santa Cruz), no podría haber una sorpresa el 28 de octubre?

En primer lugar, por la obviedad de que la lógica, el dinamismo y las zanahorias municipales o provinciales, que invitan a probar con otra cosa, no son necesariamente trasladables a un espíritu de cambio respecto de quienes conducen al país. Se puede querer pegar algún giro en Córdoba, Santa Fe, Chaco o parajes comunales: de ninguna manera eso querrá decir, automáticamente, que se aspira a lo mismo en la Casa Rosada. Y si hubiera alguna duda al respecto, basta con reparar en que los vencedores electorales no expresan alteración de fondo alguna frente a los dictados nacionales. Al revés. Binner, Capitanich, Juez, más allá de presuntas diferencias metodológicas, están en sintonía casi plena con el modelo de Kirchner. Inclusive en el caso de Macri, es obvio que por algo no se lanzó como candidato a presidente y es muy difícil de rebatir que muchos de quienes lo votaron optarán por Cristina Fernández. A lo cual debe agregarse que la oposición es un cambalache y que, así no lo fuera, ninguna de sus figuras salientes brinda confianza acerca de que podría timonear el Poder. En instancias como una elección presidencial las mayorías populares no se recuestan en quienes brindan imagen de aventureros o de no saber conducir.

Es en este punto cuando uno empieza a entrarle a la dialéctica del aburrimiento: si ni siquiera los opositores tienen confianza en sí mismos en torno de significar alguna alternativa a lo vigente, ¿cómo esperar algo distinto a una candidata oficial cuyo proselitismo consiste en dedicarse a recorrer el mundo en plena campaña, y a unos contendientes que se aniquilan entre sí sólo por cuitas personales? Todo esto puede servir a la diversión de los programas de la tevé que se regodean con dirigentes que no soportan el más mínimo archivo, pero si se raspa esa cáscara la política argentina es un embole y todos nos reímos de lo que ya sabemos.

Estamos conformes o resignados, entonces, a que lo que hay es lo mejor o menos malo. Sin embargo, de ahí a que tengamos que aburrirnos hay una ancha diferencia. Muy ancha. Muy interpelante de la mediocridad masiva o, más precisamente, de los actores intelectual y operativamente más activos de la sociedad. Porque lo que parece es que “lo que hay” está anulando lo que debería ser, en el sentido de a qué se está dispuesto para superar el tedio.

¿Quiere o no esta sociedad que se avance en una modificación de raíz del sistema impositivo y que de una vez por todas un paquete de arroz no sea tributariamente más oneroso que un auto importado? ¿Quiere o no esta sociedad que haya una estructura de salud capaz de asegurar la universalidad de la atención médica y preventiva? ¿Quiere o no esta sociedad que el único proyecto de país no sea vender materias primas sin valor agregado? ¿Quiere o no esta sociedad que el manejo de la economía real no continúe quedando en manos de un puñado de corporaciones extranjeras que sólo sacan la cuenta de sus royalties? ¿Quiere esta sociedad, en aras de que la foto de distribución de la riqueza no quede congelada, salir a meter la mano en el bolsillo de los pocos que tienen cada vez más? ¿Está dispuesta la sociedad a asumir el nivel de conflictos que todo eso supone?

Lo de “esta sociedad” es un poco mucho, es cierto. No hay derecho a exigirle a la clase auténticamente oprimida, a los trabajadores que la yugan apenas para sobrevivir en la diaria, a los habitantes de los suburbios del sistema, que tengan una claridad ideológica que sería acorde con lo contrario de lo que les pasa. Pero cuando saltamos de estrato social, sí. Cuando saltamos de formación y llenado de estómago, sí. Cuando saltamos de comprensión intelectual, sí. Y ahí, en las clases medias, en los sectores de mayor bagaje analítico, es donde parece que el kirchnerismo opera una parálisis de energía conceptual. Una ecuación que vendría a consistir en que “lo que hay” vale por sí mismo, por la sola razón de que enfrente hay una suma de esperpentos que no sólo lo son por sus acciones, sino por lo que significaron toda la vida como representantes y ejecutores de las corrientes más puramente reaccionarias y fascistas.

Es ahí donde nos aburrimos todos, porque lo patético de la oposición se transforma en aceptación casi sin más del modelo vigente y en cancelación del pensamiento crítico.

Si el kirchnerismo –por llamarle así a una circunstancia de época, que no a una fuerza política de características precisas– es visto como un dato aprovechable por el que, al menos, entran en disputa algunas contradicciones sistémicas por las cuales colar avances progresistas, vale. Pero si se lo ve y actúa como si sólo se tratara de que todo cambio no puede más que terminar aquí, no vale nada y seguiremos aburridos... a menos que la sociedad crea que hay que congelar la foto. En ese caso, no es aburrimiento de lo que deberíamos hablar.

(fin)

lunes, agosto 13, 2007

Diálogo en el infierno


Así se llama una obra de teatro que se expone en Buenos Aires. La puesta en escena porteña de esta obra de Maurice Joly cuenta con el auspicio de la Embajada de Francia en la Argentina y el apoyo de Proteatro.

Es el encuentro en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Escrita en 1864 contiene referencias sorprendentes a la actualidad y a los modos en que se articula el poder, el valor de las instituciones republicanas y las estrategias para vaciarlas de contenido. Lo que Maurice Joly aporta a la ciencia política es la definición exacta y la descripción minuciosa de un régimen muy particular: el de la democracia desvirtuada, llamado cesarismo por los antiguos. Pero es un cesarismo moderno, que luce el ropaje del sistema político nacido de Montesquieu: un cesarismo de levita o, lo que es igual, con disfraz de teatro. Tal vez la obra de Maurice Joly hubiera sido olvidada si un ejemplar de Diálogo en el Infierno, que escapara a la policía de Napoleón III, no hubiese caído en manos del falsario redactor de los Protocolos de los Sabios de Sión, donde se exponen los presuntos planes secretos de dominación mundial, concebidos por los dirigentes de la Alianza Israelita Internacional.

Joly, abogado ante los Tribunales de París, vivió una existencia difícil y oscura. Típico rebelde (se fugó de cinco colegios), puso sus dotes brillantes al servicio de la libertad y de sus antipatías. Opositor bajo todos los regímenes, tuvo un sinnúmero de enemigos y algunos admiradores. Revelan sus escritos que conocía tan bien el arte de encumbrarse como el de gobernar (los Diálogos lo atestiguan). Sin embargo, empleó su saber con el solo objeto de atacar a quienes aplicaban para su beneficio personal las técnicas del éxito. Su palabra mordaz eligió como blanco a Napoleón III. Pobre, enfermo y acabado, el 17 de julio de 1887 se descerrajó una bala de revolver en la cabeza.

Funciones: Viernes a las 21.00.

Entrada General: $ 15. Estudiantes y Jubilados $ 12.

Teatro La Tertulia, Gallo 826, Buenos Aires, · Tel. (011) 6327-0303

Elenco: Alejo Beccar, Jorge Gregorio

Dirección: Alejo Beccar

Asistente de puesta y dirección: Mariel Tuñón

Escenografía y vestuario: Amelio Cardozo Gill

Diseño de luces: Magalí Acha

Diseño gráfico: Paolo Baseggio

Traducción: Vanessa De Tullio

Adaptación de la novela: Alejo Beccar

(fin)

Kau Amigos es un espacio en el que comparto con mis amigos información, reflexiones e inspiraciones. Intenta ser un espacio para dar alegría, esperanza y ganas de seguir compartiendo, justamente lo contrario que buscan los que hieren la humanidad. También procura ser un espacio para tratar de entender lo que nos pasa como país y planeta.

¿Qué busca? Ofrecer una visión del mundo, fresca y a veces un poco irreverente, siempre informada.

¿Para quiénes? Para vos, amigo/a, para celebrar la existencia de personas como vos que encuentran formas de vivir navegando entre las crisis y las cosas buenas de la vida.

¿Y qué es Kau? Kau es una palabra tehuelche, que puede significar casa, tienda, carpa: un espacio de encuentro, de comunión.

Por supuesto que tenés libertad para reenviar este material a quien lo desees. Lo único que te pido es que menciones la fuente, no la del Kau Amigos sino la del medio en el que originalmente fue publicado.

Podés revisar el archivo de Kau Amigos, desde 2002 hasta hoy, aun sin estar registrado en el grupo, en la siguiente dirección en la web: http://ar.groups.yahoo.com/group/kau_amigos/messages.

Además puedes leer y comentar los artículos en este blog, http://kau-amigos.blogspot.com/

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Un abrazo

César Dergarabedian

Buenos Aires, Argentina

sábado, marzo 24, 2007

Los candidatos Volkswagen


¿En qué se parece la construcción de un candidato a la producción de autos? Los sociólogos dicen que se construye una matriz básica y se agregan accesorios para acomodar el producto al consumidor. Un completo informe de la periodista Laura Di Marco, publicado en el diario porteño La Nación el 18 de marzo de 2007.

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La hora del packaging ideológico: combo electoral

¿Se puede pensar una fórmula electoral como si se tratara de una oferta especial, un combo capaz de satisfacer a diversos targets de consumidores? ¿Votamos con la misma lógica que usamos para elegir marcas de ropa en un shopping? En tiempos de mercadotecnia, ya son pocos los que creen que, en la dinámica de la puja electoral, la oferta de candidatos podría asimilarse a propuestas ideológicas diferentes, a alternativas. Nada de eso. Candidatos Volkswagen, dice el sociólogo Eduardo Fidanza, que ve en la metáfora automovilística la manera más elocuente de reflejar cómo las nuevas formas de la economía global modelan nuevas formas de la política: la publicidad de productos termina pareciéndose a la venta de candidatos. "Volkswagen construye una matriz básica, un chasis duro, a partir del cual le va agregando distintos accesorios, direccionados hacia distintos consumidores.

Tenemos, entonces, una base que es idéntica y que, colocándole accesorios, se puede convertir en un auto de alta gama o en otro económico. Extrapolando esta idea al mercado político, podemos decir que Kirchner es un chasis duro, al cual se le pueden ir anexando accesorios, según los distintos distritos, para conformar a distintos consumidores". Fidanza sostiene que, cuando Kirchner plantea cambios en la Corte Suprema de Justicia, busca seducir al target clase media urbana, mientras que cuando insiste en políticas clientelares, se está dirigiendo a los pobres.

¿Se vienen los candidatos Volkswagen? ¿Serán estos combos, armados como una cajita feliz, el resultado de la desaparición de izquierdas y derechas tal como las concebíamos hace 20 o 30 años? ¿La mercadotecnia vacía de contenido a la política? O, de otro modo: ¿la nueva economía está creando una nueva política?

En realidad, el "candidato Volkswagen" de Fidanza es una versión libre inspirada en sus lecturas de otro sociólogo, el inglés Richard Sennett, especialmente de su libro La cultura del nuevo capitalismo (Anagrama). Allí, este académico de la London School of Economics expone su hipótesis acerca de los cambios en las instituciones, las empresas, y las formas de producción motorizados por las transformaciones del capitalismo global.

El inglés parte de la idea de un chasis común, en la producción, para explicar que, según él, la política moderna adopta una forma similar a la que llamamos "consenso político". Lo fundamenta:

"Por ejemplo, hoy en Gran Bretaña el nuevo laborismo y el conservadorismo moderno tienen una extensa plataforma en común. De esta manera operó la política de la plataforma durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo 20 en los Estados Unidos. El partido republicano y el demócrata parecían muy diferentes pero, una vez en

el poder, se comportaban muy parecido."

De la traducción al criollo de esta hipótesis se hace eco también el politicólogo Gustavo Martínez Pandiani, decano de la facultad de Comunicación y de Educación de El Salvador. "La idea del consenso

social, tal como la propone Kirchner convocando a los que piensan igual, como por ejemplo al gobernador Julio Cobos, posible compañero de fórmula de alguno de los Kirchner, sería algo así como un sidecar, ese accesorio que se coloca como asiento del acompañante en las motos, pero que no conduce nada".

Pero, ¿por qué para Fidanza, en la era de los líderes Volkswagen Kirchner es un chasis resistente?

"Kirchner encarna una matriz de líder estatal, la misma que expresaban Perón e Yrigoyen. Se trata de un líder locutor del Estado, político de tiempo

completo, él y su esposa, que hablan en nombre y en defensa del Estado-Nación."

Y, siguiendo la metáfora automovilística, podríamos decir que el problema que tiene el mercado político argentino es que la oposición, hasta ahora, no tiene un chasis como el de Kirchner, lo cual produce un serio -y peligroso- desequilibrio. Dicho de otro modo: mientras que el oficialismo tiene su Ford, la oposición no tiene nada parecido a un buen Chevrolet.

Opuestos complementarios

Macri es un candidato que tiene problemas para pasar el test de la honestidad en algunos sectores del electorado, concluye Fidanza, y no se trata de una simple percepción, según aclara, si no del producto de sus propias encuestas. "Macri provoca en la gente una ambivalencia: por un lado es un empresario exitoso y lo admiran, pero por otro muchos suponen que hizo su fortuna con malas artes. Para contrarrestar este déficit elige a Gabriela Michetti que le agrega el plus de la honestidad y, por ser mujer, de la sensibilidad. De esta manera se configura un combo entre opuestos complementarios, entre un hombre y una mujer, potencialmente efectivo en el mercado político del intercambio."

La idea de los candidatos Volswagen disgusta a Jaime Durán Barba, el asesor ecuatoriano de Macri que, precisamente, puso mucho de show en la campaña del ingeniero haciéndolo saltar baches. El ingeniero también montó su propio escenario, del que luego se arrepintió, cuando apareció con una nena pobre de la mano lanzando su nueva candidatura por la ciudad.

"Macri tiene una buena imagen como administrador exitoso y los cuestionamientos acerca de su honestidad ya han perdido credibilidad -sostiene Durán Barba. De Gabriela Micchetti nunca diría que es un producto y menos adjuntado a la matriz de Macri. Diría que ése es un planteo machista. Gabriela es una excelente candidata por sus propios valores. Nunca pienso en las candidatas como un adjunto de los candidatos varones."

Suena lógico que Durán Barba y, en mayor o menor medida el resto de los publicistas que son contratados por los candidatos para vender su imagen, desacretiden la conexión entre la campañas políticas y la venta publicitaria. Más bien, estas son ideas exploradas por cientistas sociales, que están planteando investigaciones de largo aliento y a mayor profundidad.

"Desafortunadamente, gran parte de la mercadotecnia rioplatense se asocia a la chantada de quién sabe mentir bien. Muchos marketineros vernáculos improvisan y parecen recurrir a la magia antes que a la ciencia política. Interpretan que su trabajo consiste en hacer ver flacos a los gordos y altos a los petisos. Pero de la política chatarra se sale con buena política, no con buena comunicación. Creo, además,

que ambas cosas pueden ir juntas", apunta Pandiani, en su doble rol de académico y experto en marketing.

Daniel Scioli, impulsado por Carlos Menem como símbolo del joven exitoso, emprendedor y mediático, siempre tuvo problemas, ya dentro del kirchnerismo, para dar con el target "progresista" de Kirchner y Cristina. Es decir, igual que Macri, es un postulante que, según los sondeos, es elegido por un perfil de votante que se ubica del centro hacia la derecha.

Autor de Los cuatro peronismos , el ensayista Alejandro Horowicz ve, en la elección misma de (Daniel) Scioli como compañero de fórmula, en 2003, la idea de un combo político. "Scioli le aportaba el menemismo a Kirchner -afirma Horowicz-; por eso después tuvo que lavarse, reciclarse y hacer un recambio discursivo". Precisamente para "ablandar" a Scioli, cuando todavía se pensaba que competiría en la Capital, la idea era anexarle como compañera de fórmula a la senadora Vilma Ibarra, llamada a suavizar, como elemento de centroizquierda, el perfil del candidato.

Bajo el mismo argumento alquímico ahora danza el nombre de Graciela Ocaña, como su potencial pareja política.

Es mediodía en Puerto Madero y el sol pega de lleno sobre el río en el final del verano. El alto funcionario porteño -"operador en las sombras" que actualmente integra el comando de campaña de Jorge Telerman y hasta hace muy poco formaba parte de la mesa chica del destituido Aníbal Ibarra- preside un almuerzo con periodistas que suelen alimentarse de sus off the records. El tema es la campaña porteña:

-El verdadero enemigo a derrotar es Macri, no Filmus -dice el operador, que se autodefine como progresista.

-No podemos regalarle la ciudad a la derecha. El problema es que demonizarlo pegándolo a los noventa no va a funcionar tan bien como en 2003; hay chicos que lo votan por Boca y ni siquiera saben qué era el menemismo.

-Pero la campaña de ustedes, ¿cuál va a ser? -pregunta un periodista de la rueda.

-Depende. Si Macri se presenta en la Ciudad, es un discurso. Si no se presenta, será otro.

-Ahora, honestamente -lo desafía, esta vez, el enviado de un diario local-, ¿usted cree que Macri y Telerman son dos candidatos muy diferentes?

El operador piensa unos minutos y, finalmente, concluye resignado:

-No.

Y deja flotando una sensación compartida: por primera vez, está diciendo la verdad.

El ciudadano consumidor

Sennett no usa, como Fidanza, la vara de Volkswagen para conectar los cambios entre la economía y la política. Traza, en cambio, un paralelo con el gigante Wal-Mart, el gran proveedor de productos baratos. El académico, que ganó el premio Europa de Sociología por sus ensayos, compara la desaparición de los vendedores en Wal-Mart con la desaparición de los partidos políticos tradicionales, mediadores entre el gobierno y la sociedad civil. Así, tanto de la cadena comercial como del mercado político parecen estar diluyéndose los tradicionales encargados de persuadir.

Mirando la escena local, Horowicz asiente con un ejemplo: "El único punto de contacto entre el Gobierno y la sociedad civil es el Presidente. Lo demás, está todo destruido. Y cualquier candidato que coloque el kirchnerismo en cualquier distrito no representa en sí mismo nada porque no decide nada".

Sennett habla de la escala planetaria: "El corazón de la política actual resulta ser la mercadotecnia, lo que no parece precisamente bueno para la vida política. La idea misma de la democracia requiere mediación y discusión cara a cara, más deliberación que empaquetado".

El inglés ofrece un ejemplo de su propio país cuando explica que los dos principales partidos dedicaron recientemente 700 horas de debate parlamentario a los riesgos y beneficios de la caza de zorros con perros, en tanto que sólo consumió 18 horas de deliberación la creación del Tribunal Supremo para el Reino Unido. Y remata: "La interminable obsesión de la prensa y el público por las características personales de los políticos enmascara la realidad de la plataforma de consenso. En la exaltación simbólica de la trivilidad no hay nada nuevo: lo nuevo es la consonancia entre la publicidad de productos y el comportamiento político."

El publicista argentino Ernesto Savaglio -que provocó un escándalo mediático en la última campaña cuando convenció a Ricardo López Murphy para que grabara un polémico spot en el que usó la palabra "poner" en doble sentido- admite que la mercadotecnia influye, pero anota matices: "Los candidatos son marcas, pero no son productos, porque la ilusión que evocan es distinta. López Murphy es una marca pero no es lo mismo que vender una mayonesa, así como vender una mayonesa no es lo mismo que hacer un comercial de un neumático. Lo que sí es cierto es que las ideologías ya no existen; existe lo que ahora se llama "las culturas". Cultura Nike, cultura Adidas, etcétera."

Pero si, en términos globales, hablamos de que al calor de la mercadotecnia se está vaciando de contenido la política, ¿cómo puede leerse esto en el contexto local? Salta a la vista que el voto políticamente cargado de las elecciones de 1983 parece estar muy lejos de los candidatos creados sobre matrices idénticas. ¿Hubo un punto de inflexión que nos dejó este vaciamiento de contenido, esta esfumación del debate?

Si miramos hechos, Durán Barba lo sintetiza así:

"Hay una nueva economía, un nuevo tipo de ser humano, y por lo tanto debe haber una nueva forma de comunicación política. Las luchas ideológicas del siglo XX dejaron un reguero de sangre detrás de sí. Hoy los políticos se diferencian por cosas mucho más profundas, que tienen que ver con la vida cotidiana de la gente. Las izquierdas y derechas, tal como se concibieron en el siglo pasado, están, para el elector común, tan vigentes como el mito de que los niños nacen de un repollo".

Para el argentino Horowicz, que en 2001 escribió El país que estalló, el asunto es otro: "En el 83,

con la victoria radical, se constituye la democracia de los ciudadanos. Los ciudadanos opinan, peticionan, y el gobierno resuelve. Después de los estallidos hiperinflacionarios del 89, se constituyó la democracia de los consumidores. Esto es, una democracia donde el salario promedio equivalía al costo de un pasaje barato a Miami. El menemismo, con valores compartidos por buena parte de la sociedad, vino a legitimar el derecho a blanquear los deseos más bochornosos que puedan atravesar a un ser humano y actuar como si fueran los más razonables del mundo".

Para Martínez Pandiani, la clave está en las estrategias de comunicación: "Los noventa marcaron la llegada del politainment (mitad política, mitad entretenimiento) a la escena local. Y esa espectacularización del poder dio lugar a un género comunicativo híbrido, que es el que hoy reina, a mitad de camino entre el proselitismo y el show."

Quebrar el hechizo

¿Cómo trascender la ilusión política que generan los candidatos armados como un Volkswagen, que pueden engañar casi tanto como aquellos espejitos de colores que usaban los españoles con los indios? ¿Cómo sortear la trampa de "comprar" a un candidato sólo porque usa el argumento más convincente de venta?

Casi todos los que se dedican al marketing político defienden el argumento de que su cliente debe tener una comunicación fácil para no dormir a su audiencia. Pero Sennett discute este argumento, alentando al ciudadano a que no actúe con los parámetros de un consumidor sino, más bien, con los de un artesano, que se toma su tiempo para resolver problemas.

"La comodidad del usuario embrolla la democracia -asegura el inglés-. Efectivamente, la democracia exige que los ciudadanos estén dispuestos a hacer un esfuerzo para descubrir cómo funciona el mundo que los rodea. El ciudadano como artesano haría un esfuerzo de averiguación. El punto no es que el candidato sea aburrido, sino cómo se organiza la atención."

Es en este punto, agrega Fidanza, donde los medios masivos tienen mucho para aportar planteando debates. "Hay un dato nuevo: entre la mitad del año pasado y la actualidad, la tv se repolitizó. La marcha de Blumberg, la contramarcha de D Elía, los batatas, los barrabravas del Francés y la cobertura de Misiones fueron imágenes muy fuertes y de alto impacto para el espacio público."

Finalmente, Horowicz sugiere algo así como una reconversión de los valores porque, según cree, hay un punto en el que todos seguimos menemizados.

"Las sociedades son serias cuando discuten un paradigma, cuando discuten valores. La imagen de Bush no se deterioró por Irak sino por la mentira acerca de Irak. Entonces, podemos decir que el paradigma funciona. Mentir es grave y la mayoría lo entiende así. Pero cuando una sociedad, como la nuestra, sostiene como valor articulador el éxito a cualquier costo, que tan bien supo captar el menemismo, estos son los resultados."

(fin)