viernes, mayo 01, 2009
La gripe mediática
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(Lo que sigue es una autodescripción del entrevistado): Tengo 52 años y he vivido y estudiado unas cuantas pandemias: esta es de las suaves. La gripe porcina este año es benigna en todas partes menos en los medios, que sí contagian una epidemia de miedo más virulenta que nunca. Soy judío. Tengo 3 hijos pequeños y ningún temor.
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Hoy he llevado a mis tres hijos al cole como cada mañana y he notado que el conductor del autobús al que saludo cada día antes de que salga de ruta tenía ojeras y cara de preocupación...
...
... Me ha dicho que se sentía mal, que tenía miedo de tener la gripe porcina...
¿Qué le ha dicho usted?
¡Que, por Dios, se dejara de virus y cuidara de la vida de mis hijos descansando bien para conducir! Y que si yo tuviera la mínima duda sobre la posibilidad de un contagio, no dejaría que mis hijos fueran al colegio.
Un buen argumento.
El pobre hombre sufría hipocondría causada por los medios de comunicación y esa gripe del miedo me preocupa más que la porcina. Y la están alimentando los estados: ¿Por qué tiene que salir todo un jefe de Estado a hablar por la tele de una vulgar gripe?
Es una oportunidad de lucirse.
Bastaría con un subsecretario; cualquier portavoz médico sería suficiente. Ese pánico irresponsable alimentado por las autoridades está causando mucho más daño que ningún virus y un enorme perjuicio económico en billones de dólares.
La economía mexicana está colapsada.
¡Y ni siquiera está claro que no viajar allí reduzca los contagios! ¡Pobre México! Mire, cuando uno va a México, la gripe porcina es, con mucho, la última en la lista de cosas por las que preocuparse.
¿Tan poco le preocupa esta gripe?
Es incluso más benigna de lo que imaginaba en un principio; está resultando suave: poco contagiosa y poco peligrosa.
Hay muertos.
Como cada año. Cada año la gripe causa miles de muertos sin que merezcan ni un segundo de televisión ni un titular ni siquiera en internet. Les pido que utilicen su circuito humano neuronal de la razón y el sentido común y bloqueen el centro neuronal del miedo que compartimos con los animales.
Ayúdenos, doctor.
Vayamos al epicentro de la pandemia: México DF tiene 20 millones de habitantes; pues bien: apenas ha habido un millar de casos.
Tal vez las autoridades mexicanas no han sido ni precisas ni eficaces.
¡Eso es otra barbaridad: afirmarlo alegremente así sin pruebas! ¡Qué linchamiento moral de todo un país sin más fundamento que los clichés y nuestra pretendida superioridad! Ya veremos quién se ha equivocado.
¿No cree que ha habido mala gestión de la pandemia en sus inicios mexicanos?
No lo sé. Simplemente no lo sé. Y tampoco creo que nadie lo sepa ahora mismo. Me parece injusto que se dé esa impresión sin contrastarla con datos. Lo sabremos más adelante cuando la pandemia no salga en la tele y ya sólo nos interese a los especialistas.
Tal vez sean miles los infectados y los contagios hayan sido ocultados.
Incluso si fueran cinco veces más de lo que han declarado las autoridades, seguirían siendo estadísticamente inapreciables: cinco mil contagios sobre veinte millones. Adecue su temor a esa estimación estadística.
¿Esta gripe no le parece preocupante?
Desde luego no debemos ignorarla: hay que monitorizarla, controlarla y seguir su evolución, pero es de las benignas: ni siquiera superará a la de Hong Kong de 1968.
¿Podría transformarse en muy dañina?
El virus puede evolucionar a peor: eso es posible, pero no entra dentro de mis pronósticos y he estudiado muchas gripes. Este virus no aguanta más de dos contagios y ya está debilitado. Es una pandemia suave.
Con cobertura mediática virulenta.
Eso sí es preocupante: la propagación instantánea del virus del miedo a través de los medios nos está perjudicando más que la gripe. Lo realmente nuevo en este virus es esa cobertura que internet ha convertido en instantánea: ¿cuántas veces al día oímos la palabra gripe o la leemos?
Así no hay quien la olvide.
Esta gripe, la del 2009, durará lo que dure en las teles, radios y portadas de internet y de diarios. Poco a poco los programadores y directores verán que no da audiencia y la relegarán a espacios secundarios y al final no darán nada sobre ella.
¿Porcina es el nombre adecuado?
Está claro que proviene de los cerdos. Esta mañana yo estaba en la tele cuando un ciudadano nos ha enviado un correo: "Dice usted doctor que esta gripe viene del cerdo, tiene similitudes con la gripe aviar y se contagia entre humanos: ¿Eso significa que los cerdos por fin van a volar?"
Tiene gracia, pero no sé si ahora...
Al contrario: desdramaticemos. Sólo así eres capaz de actuar con acierto. El miedo es el que hace bajar la guardia. A ver: recuerde en todo momento que tenemos antivirales que funcionan y que estamos diseñando una vacuna sin problemas si es que al final hace falta. Más o menos como nos pasa cada año con las gripes.
¿Y si el virus se transforma y empeora?
En el peor de los casos, con quedarnos en casa un tiempo desactivaríamos con eficacia su propagación.
Se especula con un virus fabricado.
Si fuera un virus creado por terroristas sería más letal: se lo aseguro. Tampoco está concebido en un laboratorio multinacional: no sería tan benigno. No es tan diferente de otras gripes - muchas ni fueron noticia-de nuestra historia.
Virus histericus (escrito por el autor de la entrevista)
Releo el último artículo del doctor Siegel en The Washington Post y me relajo, y al tiempo me indigno por la alarma que causa - tiene razón-ver a jefes de Estado dando noticia de una vulgar y benigna - me asegura-gripe. A Siegel, autor de Gripe: todo lo que necesita saber sobre la próxima pandemia (Amat), le preocupa más el otro virus, el del miedo, que nos cuesta billones en todo el planeta y que ha encontrado en la inmediatez de internet el mejor agente propagador del contagio. Entrevisto al doctor por videoconferencia en la red: me cuesta 0,30 céntimos. Imaginen lo barato que sale acongojarse cada treinta segundos por un nuevo rumor universal. Esa sí es una pandemia peligrosa.
(fin)
domingo, julio 22, 2007
Libertad de mercado y salud en EEUU
El escritor y periodista Tomás Eloy Martínez ensaya en esta nota publicada por el diario porteño La Nación una crítica de la última película de Michael Moprre, “Sicko”, sobre las “perversiones” (según el autor) del sistema de salud estadounidense, algo que me comentaron amigos latinoamericanos durante un viaje que hice en marzo a los EEUU.
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SICKO es, en la jerga cotidiana de los Estados Unidos, un vocablo ya casi en desuso. Encabalga dos palabras, sick , enfermo, y psycho , psicópata. En las conversaciones de hace medio siglo era parte de una pregunta ofensiva: Are you a sicko? , ¿estás mal de la cabeza? Michael Moore ha restaurado el viejo término para encabezar su corrosivo alegato contra el sistema de salud de los Estados Unidos, una letrina dorada que, según el film, se alimenta de la corrupción y de la codicia.
Quien haya seguido los documentales de Moore desde su extraordinario Roger & Me (1989) podría imaginarlo condenándose voluntariamente a un destino marginal, como el de los profetas bíblicos que entonaban en el desierto su estribillo de males y morían apedreados o crucificados por la cólera de los grandes señores. Nada de eso le sucede, aunque sus películas desnudan hasta el hueso la crueldad de las grandes corporaciones. En 2002, Bowling for Columbine -una denuncia feroz sobre la fascinación por las armas del norteamericano medio- ganó el Oscar al mejor documental, a pesar de que ridiculizaba a Charlton Heston, ídolo histórico de Hollywood. Dos años más tarde, Farenheit 9/11 conseguía una nominación al Oscar y recibía la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Los espectadores celebraban a Moore hasta el delirio cuando exhibía las falsedades de que se había valido la administración Bush para justificar la invasión a Irak a la vez que revelaba los vínculos entre la familia presidencial y la de Osama ben Laden. Moore es un detractor incansable de las enfermedades del sistema, pero el sistema lo tolera y hasta lo premia. Es un provocador, como los bufones de las cortes imperiales. Puede cantar todas las verdades que quiera y lastimar mientras las canta, sin que la corrupción y la injusticia se muevan de su quicio.
No hay señal mejor de la velocidad con que las denuncias de Moore se han vuelto inocuas para el sistema que asistir a la proyección de sus películas en cualquiera de los grandes teatros de los Estados Unidos y leer los adjetivos de los avisos publicitarios. Se supone que Sicko documenta una cadena de tragedias, pero los epítetos con que se atrae al espectador son de una frivolidad que espanta, por decir lo menos: "Brutalmente divertida", "Se va a reír hasta que le duela", "A lo mejor le duele un poquito".
Las entradas para las dos últimas funciones de Sicko en una sala de Broadway, cerca de la ópera de Nueva York, estaban agotadas desde el mediodía la víspera del 4 de julio, y las multitudes no ocultaban su satisfacción a la salida, llevando aún gigantescos cuencos de maíz tostado a medio vaciar. Los aplausos y las carcajadas se oían desde el vestíbulo de la entrada. Los dramas que cuenta Moore son atroces, y por eso mismo la gente los cree incorregibles.
Sicko se abre con una entrevista que refleja las perversiones del sistema norteamericano de salud. Rick, un carpintero de Oregon, se ha cortado dos dedos de la mano izquierda con una sierra. El hospital le permite elegir. Reponer el dedo medio en su lugar le costará sesenta mil dólares; por el anular le cobrarán doce mil. Para Rick, que gana cuarenta mil por año, la respuesta es previsible.
Su tragedia, sin embargo, no es tan indignante como la de Donna, una mujer cuyo bebe de meses despierta en medio de la noche con 41 grados de fiebre. Con el chiquito en brazos, corre a la sala de emergencias del hospital más cercano. Allí la rechazan, porque su aseguradora -Kaiser Permanente- le ha asignado otro hospital. Mientras averiguan cuál es ese hospital y piden la autorización para internarlo, la fiebre sube y sube. La madre suplica que atiendan a su hijo. Entre convulsiones, el bebe muere.
Moore acumula en Sicko estadísticas de espanto: 50 millones de norteamericanos viven en los Estados Unidos sin seguro de salud. Nueve millones de ellos son niños. Hay quienes no son empleados y lo pagan por su cuenta. En ese caso, la suma impuesta a una familia tipo sin enfermedades preexistentes llega a los 26.000 dólares, o poco más. Y aun así, con frecuencia hay que pagar aparte por los medicamentos y, cuando se acude a un médico que no está en la lista de la aseguradora, sólo se devuelve parte de lo que se ha pagado, después de discusiones telefónicas y esperas interminables que pueden terminar en otra crisis de fatiga.
Hay escenas de espeso humor negro. Por ejemplo, la entrevista con un cínico médico que controla cómo se autorizan los tratamientos a los pacientes. Por él se entera el espectador de que, cuando un médico rechaza a más del diez por ciento de los que quieren ser protegidos por su seguro de salud, se lo premia con un bono. Cuanto más rechazos hay, mayor es la recompensa. Y si un paciente no ha declarado cierta enfermedad previa y quiere atenderse por otra, puede sufrir inesperados tormentos. Tal fue el caso de una paciente con un severo problema cardíaco, a la que el seguro le reconoció los 7500 dólares gastados en el tratamiento. Todo parecía terminar sin problemas cuando el médico fiscalizador descubrió que la mujer había tenido alguna vez hongos vaginales y había omitido ese detalle en su declaración al seguro. Fue condenada a devolver los 7500 dólares, aunque ya no los tenía.
Sicko se interna en las aguas de la denuncia franca cuando compara el sistema de salud de los Estados Unidos con los de Canadá e Inglaterra, que son generales y gratuitos. En un hospital de Londres, Moore le pregunta a un paciente norteamericano cuánto ha pagado por tal o cual internación. "Nada", le responde. "¿Nada?", insiste. "Nada -le dice-. Esto no es Estados Unidos." Se abstiene de explicar entonces que los pacientes de esos países esperan con frecuencia meses antes de conseguir turno para una consulta. Una paciente cruza la frontera hacia Canadá, donde la atienden gratis. Moore comenta entonces: "Somos americanos. Cuando necesitamos algo, vamos a otro país".
El lenguaje del documental es sin duda demagógico, pero también es eficaz. En el último tercio, el autor advierte que, mientras algunos de los héroes nacionales del 11 de Septiembre están sufriendo los estigmas de un sistema de salud caro, imprevisible y lento, los enemigos de guerra recluidos en Guantánamo disfrutan de cuidados hospitalarios instantáneos y gratuitos. Se le ocurre entonces viajar a Cuba con los voluntarios enfermos. En Guantánamo los rechazan, por supuesto, pero en La Habana, cuando preguntan por un hospital y una farmacia a un grupo de hombres que juegan al dominó, se enteran de que hay varios cerca, a pocos pasos. Los peregrinos reciben en La Habana, por fin, la atención privilegiada que su país les niega, en centros de salud dotados con máquinas de última generación y médicos que hablan un inglés impecable.
Moore se priva de explicar las diferencias entre el servicio que se brinda en ese hospital inmaculado, para los turistas y los funcionarios, y aquellos centros de salud a los que tienen acceso los cubanos comunes. Es innegable, sin embargo, que el sistema público de los Estados Unidos ocupa el 37º lugar en las evaluaciones de la Organización Mundial de la Salud, muy por debajo de Francia (1º), Italia (2º), España (7º) y el Reino Unido (18º), aunque dos niveles por encima de Cuba (39º). El mejor resultado de América latina es el de Colombia (22º). Luego están Chile (33º) y Costa Rica (36º), lejos de México (61º), de la Argentina (75º) y de Brasil (125º).
A la salida de una exhibición de Sicko en Nueva Jersey oí a un señor preguntar en voz alta, desafiante, si en Cuba se exhibiría la misma película con los datos al revés. Sin duda, no. La salud y la educación están allí protegidas, pero la libertad de expresión agoniza desde hace décadas. La especie humana avanza a pasos de vértigo en la tecnología y en la ciencia, pero sigue siendo incapaz de construir sociedades fundadas por igual en la libertad y en la justicia. Donde se garantiza una se sacrifica la otra, y a veces faltan las dos.
(fin)
lunes, mayo 07, 2007
La medicina de Google
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De migrañas, Google y horizonte de eventos
Durante 25 años sufrí migrañas. Es un mal hereditario que causa ataques de un dolor obsceno y debilitante que dura de ocho a doce horas. A veces más.
Durante un cuarto de siglo consulté a cuanta fuente de información tuve a mano, desde mi médico personal hasta la norteamericana National Headache Foundation (NHF; www.headaches.org ). En 1988, como respuesta a mi carta, la NHF me ofreció los consejos básicos (evitar el chocolate y el vino tinto, dormir regularmente) y me explicó los posibles tratamientos, incluidos los por entonces novedosos estabilizadores de serotonina. Nada funcionó. Seguí visitando neurólogos y hasta me sometí, incrédulo pero desesperado, a la homeopatía; no resultó, tal parece que por mi incredulidad.
Ningún tratamiento redujo ni la frecuencia ni la intensidad de mis migrañas. Hasta que hace algo más de dos años encontré una receta en un foro al que había llegado por medio de Google. Y antes de decir nada más, una aclaración: no soy médico y no recomiendo esta fórmula, por inofensiva que parezca; si sufre migrañas, consulte a un especialista. Si menciono el dato aquí es sólo con fines informativos.
La migraña no arranca con dolor, sino con un complejo conjunto de sensaciones que varían de paciente en paciente, el aura. Nada se le parece. Luego llega el dolor. Durante un par de horas no es fuerte. Pero hay un borde filoso (que uno conoce bien) luego del cual se vuelve insoportable. La receta del foro era simple: antes de traspasar ese límite hay que tomar el analgésico recetado por el médico y, si estás durmiendo, levantarte (los ataques suelen llegar a la madrugada, como un maleante furtivo). Durante 25 años, nadie me había siquiera sugerido esta idea. Y de pronto, bastaba una aspirina en el momento adecuado para verme libre de esta pesadilla. O, al menos del 90% de los ataques.
Un dato puede cambiar la forma en que vivís. Por eso, cuando me senté a hablar con Eric Schmidt, el CEO de Google, le planteé esta idea:
-Parece que toda la información está en la Web, de hecho quizás alguna vez todo el conocimiento humano podrá estar disponible en Internet. Pero con decenas de miles de millones de páginas, los datos quedan bien escondidos debajo de esta montaña de bits. Así, los buscadores se convierten en un especie de horizonte de eventos: lo que no aparece en Google no existe.
-Una buena manera de expresarlo -opinó.
-Es una forma de poder, también -añadí, y lo comparé con el periodismo-. ¿Google es consciente de la responsabilidad que esto conlleva frente a la sociedad?
-Sabemos que tenemos una responsabilidad -respondió-, pero no en el sentido que usted dice. Somos conscientes de que tenemos la responsabilidad de encontrar la información correcta para la persona, y sabemos que la información incorrecta puede realmente dañar a la gente. Sabemos por nuestros usuarios, por sus comentarios y cartas, cómo Google ha tenido impacto en su vida al permitirles encontrar información crucial. Y Google no es perfecto, cometemos errores, pero trabajamos mucho para mejorar la calidad de nuestras respuestas.
-No hay nada perfecto, ¿pero a qué se refiere?
-Hay mucha evidencia, por ejemplo, de que Google es una de las principales fuentes de información médica, de salud, y aunque no nos sentimos como médicos ni nada por el estilo, nos tomamos este hecho muy seriamente.
Le comenté entonces mi experiencia con las migrañas y el dato encontrado en ese foro. Sabía de qué hablaba, y lo sabía en carne propia. Literalmente.
(fin)