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lunes, agosto 18, 2008

Clase abierta con Néstor García Canclini

Clase abierta con Néstor García Canclini

Esta semana estará en Buenos Aires uno de los mayores pensadores del mundo, el argentino Néstor García Canclini. Este investigador social, radicado en México, dictará una clase abierta en el marco de la materia “Hermenéutica”, que se dicta en el Instituto Universitario ISEDET, uno de los centros de estudios evangélicos más importantes de América latina. García Canclini presentará una ponencia bajo el título siguiente: “De la sociedad del conocimiento a la sociedad del reconocimiento”. La presentación se hará en el ISEDET, Camacuá 282, el jueves 21 de agosto de 2008 entre las 18:00. y las 20:00. La entrada es libre y gratuita. García Canclini es un antropólogo que ha tratado el tema de la posmodernidad y la cultura tomando en cuenta una perspectiva latinoamericana. Nació en La Plata, Argentina el 1º de diciembre de 1939. Estudió filosofía y se doctoró en 1975 en la Universidad Nacional de La Plata y, tres años después, con una beca otorgada por el CONICET, se doctoró en la Universidad de París. Ejerció la docencia en la Universidad de La Plata (1966-1975) y en la Universidad de Buenos Aires (1974-1975). Desde 1990 es profesor e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, donde dirige el Programa de Estudios sobre Cultura. Ha sido profesor visitante de diversas universidades, entre ellas las de Nápoles, Austin, Stanford, Barcelona, Buenos Aires y São Paulo. García Canclini es uno de los principales antropólogos que ha tratado la posmodernidad y la cultura desde la perspectiva latinoamericana. Uno de los principales términos que ha acuñado es el de "hegemonía". Se trata de un concepto propio de cualquier ámbito, según explica la Wkipedia, pero sobre todo de lo cultural, dando paso a lo que hoy se entiende por géneros híbridos, que son lugares de intersección entre lo visual y lo literario, lo culto y lo popular. Las "culturas hegemonicas", como las denomina, han sido “generadas por las nuevas tecnologías comunicacionales, por el reordenamiento de lo público y lo privado en el espacio urbano, y por la desterritorialización de los procesos simbólicos”. Un ejemplo de esto son los grupos musicales contemporáneos que mezclan o yuxtaponen corrientes globales como el pop con ritmos autóctonos o tradicionales. Entre sus libros, están “Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad”, Grijalbo, México, 1990; “Cultura y Comunicación: entre lo global y lo local”, Ediciones de Periodismo y Comunicación; y “La globalización imaginada” Paidós, Barcelona, 1999.

(fin)

jueves, agosto 07, 2008

Para amantes del mate


Si te gusta el mate no te lo podés perder. El sábado 9 de agosto a las 17.00, en Objeto-a, un espacio cultural ubicado en Niceto Vega 5181, en el barrio porteño de Palermo Viejo, se realizará “La ceremonia del mate” auspiciada por el Establecimiento Las Marías, y conducida por el periodista Epifanio Blanco, uno de los periodistas más queridos y respetados de la Argentina.

“Epi”, quien tiene una extensísima carrera en periodismo, es un apasionado del mate y a través de esta actividad comparte las buenas prácticas para disfrutar de esta infusión, además de explicar los orígenes de este ritual ancestral. Habrá también degustación de yerbas de sofisticados procesos, acompañadas de maridajes sugeridos por sommeliers. La actividad cuenta con soporte multimedial. El costo es de 50 pesos por persona. Más información en el 011-4773-0292.

“La ceremonia del mate“ forma parte la muestra “Raíces” que se exhibirá en el espacio hasta el sábado 9 de agosto. “Raíces” es un recorrido que atraviesa la Argentina a través de la mirada del artista plástico Roberto Barés, su gente, sus costumbres, sus paisajes… un homenaje a este artista, padre de la directora del Espacio quién supo transmitir su pasión por el arte y su tierra, raíces de Objeto a, cuyo sitio web es www.objeto-a.com.ar

Objeto a es un emprendimiento privado de la familia Oulton. Tomás, quien fue gerente de la división Hogar y Entretenimiento de Microsoft Argentina hasta hace unos meses, dejó una carrera de 15 años en la mayor empresa de software del mundo para abrir junto a los suyos este hermoso proyecto.

miércoles, enero 02, 2008

¿El libro se reinventa?

La pregunta es respondida por la periodista Amaury del Valle, en esta nota publicada por la agencia ANC- UTPBA. El fenómeno de los libros electrónicos y los nuevos formatos plantea algunos interrogantes sobre el futuro del libro en papel.

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Una nueva creación de la tienda de artículos on line, Amazon, ha vuelto a echar fuego a la discusión sobre el futuro de los libros electrónicos, que muchos predicen sustituirán a los tradicionales textos de papel.

Dotado de una pantalla blanca y negra y un teclado, el nuevo artilugio puede conectarse sin cable a internet y ser cargado con libros, blogs y periódicos, siempre y cuando se pague primero por estos contenidos, de un catálogo que tiene unos 90 000 títulos.

No se trata del primer artefacto de su tipo en el mundo, pues ya otras empresas han lanzado creaciones similares. Quizá lo más novedoso en el caso de Kindle, como le ha llamado al equipo, sea su posibilidad de conectarse a la red de redes de forma inalámbrica, a la vez que gracias al teclado se pueden hacer anotaciones al margen de lo que uno lee, e incluso después extraer estas e imprimirlas para consultar de forma más tradicional.

Los bandos han vuelto a dividirse. Unos ven en Kindle un paso más hacia la muerte definitiva del libro. Otros, solo un nuevo artefacto, lindo, útil, pero no el sustituto del papel. La polémica tiene mucha tela por dónde cortar.

Tinta eléctrica

Descontando la aparición de las computadoras, y posteriormente internet, quizá el mayor desafío al papel en los últimos años haya sido la aparición a principios del milenio, de forma comercial, de su sustituto en formato electrónico.

La popularización del papel electrónico, gran ideal de la comunidad tecnológica mundial durante las últimas décadas del siglo pasado, tuvo en 2001 un gran paso de avance cuando se lanzaron de forma experimental los primeros prototipos al mercado.

Sin embargo, desde entonces los avances no han sido muy rápidos, y las dificultades tecnológicas, unido al alto coste de su fabricación, han ralentizado su introducción a gran escala, si bien comienzan a verse cada vez más al servicio de la propaganda comercial.

Hace unos seis años, dos compañías estadounidenses, Gyricon Media y E-ink Corporation, desarrollaron cápsulas con un líquido oscuro y cargado de partículas blancas, al que si se le aplica una carga eléctrica, las partículas se mueven de una parte a otra de la cápsula y así crean una zona blanca.

En ese entonces, el director técnico de E-ink, Paul Drzaic, afirmaba alborozado a la BBC haber creado «el material electrónico que sustituye a la tinta... y la tecnología electrónica que controla la nueva tinta y que le dice qué imagen quiere».

Ambos, sobre un papel plástico flexible, podían trabajar juntos para formar letras e imágenes, con lo cual todo indicaba que el papel del futuro estaba a las puertas. Bastaba solo buscarle una aplicación cotidiana, y por supuesto, que fuera rentable.

La primera salida comercial de este avance tecnológico fue a través del desarrollo de carteles electrónicos conectados sin ningún tipo de cable. Gracias al invento, el mensaje o cualquiera de los signos podía ser cambiado desde cualquier lugar solo apretando un botón.

Aunque John Seely Brown, jefe de desarrollo de Xerox, auguraba que pronto estarían en el mundo del libro, los editores, incluso los que ya trabajaban en los libros electrónicos, no se apresuraron a «morder» el invento.

El problema es muy sencillo, pero a la vez extremadamente complejo de resolver. La gente prefiere la comodidad y el contacto con el papel, y además resulta muy molesto leer en pantalla.

Ninguna de las creaciones de papel electrónico ha tenido hasta el momento gran impacto en el mundo, en especial por su alto coste, y por las limitaciones tecnológicas todavía grandes. Por eso la apuesta ha sido por buscar formatos intermedios, como el nuevo Kindle.

El devorador

El lector de Amazon tiene ante sí el gran desafío de superar en la competencia a artilugios similares como los de las japonesas Sony y Panasonic, mucho más baratos, aunque no vienen con un teclado y deben ser conectados por cable para descargar su contenido.

No obstante, este no es el único desafío. Aunque este libro electrónico, como afirma un periodista de El País, España, puede ser muy útil para manuales técnicos u obras de consulta, ya que se puede buscar rápidamente un contenido determinado y anotar virtualmente al margen de las páginas, dista mucho de ser el ideal para sentarse cómodamente a leer una novela o las noticias de un periódico.

Ante todo, hay que pagar incluso para consultar una página web y hasta weblogs, algo que puede hacerse en la computadora tradicional, sin costo. Este gravamen de descarga, que ronda los diez dólares por manual, es por demás ilógico, máxime si se tiene en cuenta que la mayor parte del precio de un libro de papel se dedica a impresión y distribución, dos factores que Kindle elimina.

Por otro lado, si bien Kindle cuenta con una pantalla de tinta electrónica de seis pulgadas y una resolución de 600 x 800 píxeles, la que según sus creadores refleja las letras como si fuese papel y no cuenta con retroiluminación, lo que facilita la lectura, junto a la posibilidad de ampliar el tamaño del texto, no es todavía exactamente papel, y además necesita de energía eléctrica para funcionar.

En este aspecto es válido señalar que la mejora con respecto a equipos similares es grande, ya que la batería de Kindle dura un día conectada a internet y una semana sin estarlo, además de que se recarga en solo dos horas.

Quienes lo defienden creen que es el nuevo iPod o reproductor electrónico, pero para libros, aunque también permita almacenar imágenes y sonido. Algunos, en cambio, prefieren esperar para gastarse el dinero en creaciones más acabadas.

El fenómeno e-books

Mientras tanto, no hay dudas de que el futuro de los libros electrónicos, ya sea en este formato o en archivos tradicionales de computadoras, es cada vez mejor, con miles de ejemplares puestos a disposición del público.

Es importante tener en cuenta que por libros electrónicos se entiende tanto a una obra individual en formato digital, como a un dispositivo utilizado para leer libros en este formato. Y si bien los dispositivos no tienen todavía tanta suerte, no puede decirse lo mismo de los e-books, como se les conoce a las versiones electrónicas o digitales de un libro.

Y es que la creciente digitalización de impresos de todo tipo y su distribución, gratis o pagada por internet, es cada vez mayor, en especial por el ahorro que significa no tener que imprimir ni buscar un proveedor de libros físicos, lo cual ha provocado una baja en la venta de ejemplares tradicionales, y que la mayoría de las editoriales hayan adoptado la táctica de sacar títulos a la vez en ambos formatos.

Incluso han surgido innovaciones de uno y otro lado, como los audiolibros en formato digital, o la inclusión de discos compactos o DVD-Rom junto a los libros de papel, para que el lector pueda escuchar la música y ver las imágenes que el autor imaginó mientras escribía su obra.

Aquí no faltan tampoco los desafíos, el mayor, quizá, de perder los derechos de autor, para lo cual empresas como Adobe, autora del formato PDF, preferido en la distribución de e-books, han creado un complejo sistema de seguridad llamado DRM (Digital Right Management), para evitar la copia de los textos.

No obstante, ni los artefactos ni la facilidad de la pantalla han logrado todavía igualar la sensación única de arrellanarse en un sillón o sofá a leer una novela, sin necesidad de una computadora u otro artilugio tecnológico, e ir pasando una a una las páginas.

(fin)

domingo, septiembre 16, 2007

Leer en tiempos del iPod

Las nuevas prácticas culturales de las jóvenes generaciones obligan a repensar las preguntas acerca de los vínculos entre la educación, la lectura y los medios audiovisuales y electrónicos. Un análisis del sociólogo argentino radicado en México Néstor García Canclini, publicado por la revista porteña “Ñ”.

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Los hábitos culturales de los jóvenes han vuelto impertinentes preguntas que recorrieron el siglo XX y aún in­ tranquilizan a especialistas en políticas culturales.

Por ejemplo: ¿Van a desaparecer los libros en los próximos años? ¿Cómo lograr que los jóvenes lean más? ¿Dedicar más tiempo a ver televisión que a leer con­tribuye a la despolitización?

En vez de ocupamos de estas preguntas, propongo otras para replantear los desentendimientos entre educación y jóvenes: ¿Cómo podemos, quienes fuimos formados con libros, tizas y los Beatles, reeducamos para compartir el mundo con la generación del mouse, el iPod y el hip-hop?

En los siglos XIX y XX, cuan­do se generalizó el acceso a la educación y se masificó la pro­ducción y circulación de libros, se relacionaba a los libros con la enseñanza y se los veía como instrumentos clave para transmitir información. Sabemos que no fue así durante la mayor parte de la historia de la humanidad, cuando la educación era principalmente oral. Tampoco lo es ahora, cuando el libro pasó a ocupar un lugar distinto entre muchos medios audiovisuales y electrónicos.

Las cifras de lectura de libros, revistas y diarios en papel son bajas en la mayoría de los países, pero no siempre des­cienden. Un estudio de la Asociación Mundial de Periódicos indica que la circulación de dia­rios decreció en 2006 en Esta­dos Unidos y en algunos países europeos, pero aumentó en muchos más un promedio de 2,3%, que asciende a 4,6% si se agregan los gratuitos. Cinco años antes, había 488 millones de lectores de periódicos en el mundo, y ahora se estiman 1.400 millones.

Los estudios reunidos en el Sistema Nacional de Consumos Culturales, publicado en 2006, sobre la situación argentina, indican que 55,2% de la población afirma haber leído libros en el año anterior (19% más que en 2004) y que el promedio de libros leídos cada año subió a 4,5%. Dice leer diarios 55,9% y revistas 29,2%. Son significativos, asimismo, los porcentajes de cómics e historietas, la lectura y escritura en Internet y el envío y recepción de mensajes de texto a través del celular. Internet tenía, en 2005 40,9% de usuarios; casi 28% dice haber consultado textos de lectura por ese medio y el porcentaje aumenta entre menores de 35 años y en los niveles socioeconómicos alto y medio. Incluso quienes no tienen recursos para comprar una computadora consultan Internet fuera de sus casas, especialmente en ciber cafés y locutorios.

En Colombia encontramos tendencias parecidas. Hay menos lectores de libros (36,9%) y de diarios (31,5%) y más de revistas (32,4%). Los colombianos leían más libros en 2000, cuando declaraban seis al año, que en 2005, cuando el promedio bajó a 4,5% libros al año. La única lectura que crece, anota Germán Rey, es la que se hace en Internet. Quienes más leen en este medio son los jóvenes entre 12 y 17 años con un tiempo de 2,53 horas por día, casi igual al consumo televisivo. La lectura en Internet, concluye Germán Rey, "en vez de estar desplazando a la lectura tradicional, se está complementando con ella. En otras palabras: los que leen más libros son también los que leen más en otras modalidades, como Internet".

¿Para qué usan la computadora e Internet? Hacer tareas, estudiar, informarse y enviar o recibir mensajes están entre las actividades principales. Todas ellas son formas de lectura y de escritura. Distraerse, oír música y jugar ocupan tiempos significativos, pero no son las prácticas más absorbentes.

Las pantallas de nuestro siglo también traen textos, y no podemos pensar su hegemonía como el triunfo de las imágenes sobre la lectura. Pero es cierto que cambió el modo de leer. Los edi­tores se vuelven más reticentes ante los libros eruditos de gran tamaño; las ciencias sociales y los ensayos ceden sus estantes en las librerías a best-sellers narrativo s o de autoayuda, a discos y videos. En las universidades masificadas, los profesores con treinta años de experiencia comprueban que cada vez se leen menos libros y más fotocopias de capítulos aisla­dos, textos breves obtenidos a través de Internet que aprietan la información.

Se lee de otras maneras, por ejemplo escribiendo y modifican­ do. Antes, con el libro impreso, era posible anotar en los márgenes o huecos de la página, dice Roger Chartier, "una escritura que se insinuaba pero que no podía modificar el enunciado del texto ni borrarlo"; ahora, el lector puede intervenir el texto electrónico, "cortar, desplazar, cambiar el orden, introducir su propia escritura".

Quienes leen sin separar lo que en ellos es también espectador e intemauta, leen -y escriben- de un modo desviado, incorrecto para los adictos a la ciudad letrada. ¿Acaso cuando no existían televisores ni computadoras había una manera de ser lector normal? No se lee de igual forma a Cervantes, a Kafka, a Borges, a Chandler, a Tolstoi, a Joyce, ni cada uno de ellos, que pusieron a tantos personajes a leer, los imaginaron idénticos, muestra Ricardo Piglia en su libro El último lector.

¿Qué crítico contemporáneo -incluyendo a los defensores de algún canon- pretendería que existe una sola forma de leer a estos autores? Piglia recuerda una frase de Beckett a propósito de quienes criticaban los textos finales de Joyce: "No pueden quejarse de que no esté escrito en inglés. Ni siquiera está escrito. Ni siquiera es para ser leído. Es para mirar y escuchar".

¿Qué queda de la experiencia de la lectura?

La visión de un porvenir dominado por las imágenes mediáticas, como pronosticaron Marshall McLuhan y otros, no se ha cumplido. Decía Juan Villoro que si McLuhan resucitara en un cibercafé, creería encontrarse en una Edad Media llena de frailes que descifran manuscritos en las pantallas. Sin embargo, ¿no hay algo que se pierde irreparablemente cuando se desconoce la información razonada de los periódicos y se prefieren los clips rápidos de los noticieros televisivos, cuando los libros son reemplazados por la consulta fragmentaria en Internet? ¿No ofrecen los libros una experiencia más densa de la historia de la complejidad del mundo o de los relatos ficcionales que la espectacularidad audiovisual o la abundancia fugaz de la informática?

¿Qué queda en las interconexiones digitales, en la escritura atropellada de los chateos, de lo que la lengua solamente puede expresar en la lenta elaboración de los libros y la apropiación paciente de sus lectores?

Sin duda, hay que preservar lo que los libros representan como soportes y vías de elaboración de la densidad simbólica, la argumentación y la cultura democrática. Pero no veo por qué idealizar, en abstracto, generalizadamente, a todos si al preguntar a los lectores sobre su libro favorito, en las encuestas citadas, 30% o 40% no sabe cuál es y entre los mencionados sobresalen obras de autoayuda, esotéricas y El código da Vinci.

En vez de seguir oponiendo los libros y la televisión, convendría ensayar formas diversificadas de fomentar la lectura en sus múltiples oportunidades, en las páginas encuadernadas y en las pantallas. Esto requiere mucho más que exhortaciones ilustradas a leer: reconvertir las bibliotecas en centros culturales lúdicos, literarios y audiovisuales donde los estantes convivan con talleres atractivos, computadoras y accesos a Internet.

(fin)

sábado, abril 07, 2007

Mercado y vanguardias artísticas

Pasadas ciertas módicas rupturas generadas por la crisis del 2001 - 2002, el arte argentino parece hoy más interesado en alimentar la maquinaria comercial que en representar los movimientos sociales, señala Gabriela Massuh, “crítica cultural”, en esta entrevista del periodista Claudio Martyniuk, publicada en marzo de 2007 por el diario porteño Clarín.

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“El mercado contribuye para que no haya vanguardias artísticas”

Mucho se habló de cómo la crisis del 2001/2002, afectó la esfera cultural. ¿Qué balance puede hacerse ya con más serenidad de la producción artística marcada por esa crisis?

—Creo —y esto no sólo se refiere al ámbito cultural— que una crisis, más que traer un cambio, consolida la estructura inmediatamente anterior a ella. La crisis sirve para tocar fondo, pero también para reconstituir las estructuras de poder. Y si uno piensa en retrospectiva, por ejemplo en el teatro anterior al 2001, se advierte que era un teatro que estaba anticipando un resquebrajamiento profundo de la sociedad. Después de la crisis, los llamados autores de vanguardia volvieron a una producción más clásica, con un apartamiento de la realidad y una vuelta a modelos como Dostoievski y Chejov, mucho más literarios que reales. En la producción cultural, en general, me parece que ahora estamos en un momento más coherentemente cerrado en sí mismo que antes de la crisis. En este sentido, la Argentina comparte lo que está pasando a nivel de producción cultural en todo el mundo, asimilando los cánones privados o comerciales, porque se tiene mucho miedo de quedarse atrás. Y lo que se hace es un poco más de lo mismo.

Las obras locales que apelan a una estética cartonera y de la pobreza, ¿mantienen su potencia?

—Potente no sé, pero es una moda. Y como tal hay que tomarla como algo pasajero. Hemos logrado internacionalizar esta especie de estética de la pobreza a través de un proyecto tan grande como fue "Ex Argentina".

¿Qué rasgos tiene esa estética de la pobreza?

—En el caso específico de Argentina hay una renuncia muy grande a lo que es propiamente artístico para optar por lo que es información de la realidad. Es muy difícil juzgarlo como antiestético, porque enseguida le voy a poner un valor determinado y creo que en el arte hay una especie de crisis de valores y de evaluación. Pero es muy paradójico, cuando uno ha vivido tan de cerca un proceso, mirarlo desde el punto de vista estético solamente, porque la estética es una parte. A mí me pasó una cosa muy significativa con los diez trajes de Brukman, la fábrica recuperada, que ahora están expuestos en Berlín. En febrero los vi, y me pareció muy raro verlos ahí. Tendrían que haberme parecido comprables, invalorables, y sin embargo no les pude conferir un valor. Me pregunto quién va a comprarlos. Deberían tener un precio determinado y si se vendieran, se podría repartir el dinero con las trabajadoras que los hicieron.

¿Cómo persiste la dicotomía entre la "alta cultura" y la "cultura popular"?

—La cultura popular no pasa por el hecho de que los artistas se acerquen a la producción popular, porque la manera de producir y circular es muy distinta. Yo no creo que haya una contradicción entre cultura popular y alta cultura. Las dos existen y tienen que existir. Las dos son necesarias. Yo creo que tanto el arte popular como el alto arte están determinados por miradas y formas de circulación, pero sin que estén en franca oposición uno con otro. Porque siempre hay maneras plurales de circular y maneras de acceder. Yo no creo que el hecho de exponer dentro de un museo sea algo cuestionable; tampoco creo que el museo como institución sea algo cuestionable. Creo que antes hay que cuestionar muchas otras cosas y que el hecho de que una exposición no se entienda de manera masiva no es un defecto de esa muestra, sino que es algo intrínseco de las maneras de expresión que adquieren ciertas formas que a veces son muy difíciles de entender en un momento, pero que se entienden más adelante.

El arte está en los museos, pero circula por el mercado. ¿Está en transformación el mercado del arte?

—Transformaciones básicas no hay. A mí me parece que hay simplemente una solidificación del mercado. El mercado es muy sólido e imbatible. No hay manera de combatir el mercado, porque tiene sus propias leyes. Lo único que uno puede hacer es crear espacios de producción donde el mercado no influya, en donde el artista pueda pensar libremente y de alguna manera pueda hacer lo que en sus momentos hicieron las vanguardias, que es pensar una probable política y poner al servicio de esa probable política los modos de producción artística. En este momento tenemos muy pocos artistas concentrados en pensar nuevas maneras de articulación social, nuevas maneras de política. Por eso es muy difícil que existan vanguardias. El mercado contribuye para que no haya vanguardias artísticas, porque saca a los artistas de las necesidades sociales y los pone al servicio de la necesidad de alimentar una maquinaria. Tal vez sea injusto lo que digo, porque el artista tiene que comer y vivir. Antes estaba en manos del Estado la creación de espacios, islas salvadas del mercado, pero en este momento casi le diría que no existen.

Además, el artista tiene una necesidad simbólica básica, que es la de reconocimiento. ¿Por dónde y cómo circula ese reconocimiento?

—A mí me cuesta muchísimo hablar de criterios de valor en materia de artes plásticas. Es donde más difícil se hace establecer qué es bueno y qué es malo. Realmente yo no lo podría hacer, porque en las artes plásticas se dan ejes de mercado, pero no sé si hay ejes de valor artístico. Está clarísimo cuando una película es buena o no, cuando una novela es buena o no, cuando un poema conmueve o no. Pero con las artes plásticas es muchísimo más difícil, porque hay diferentes ejes y maneras de producción, todas absolutamente legítimas.

¿Estamos ante una normalización del gusto y de la producción artística?

—Hay una enorme normalización de la superficie. Hay una especie de discurso público que se solidifica, hay circuitos que se solidifican. En las artes plásticas locales hay un circuito que va de un centro cultural a otro, y ahí pasa todo. Hay, aproximadamente, un 30% de la población que consume, llena teatros, agota la edición de un libro y hay un espacio público que está sólido y normalizado en el sentido de que se articula con festivales de teatro y de cine, encuentros de poesía y de danza que funcionan.

Es interesante que exista esa circulación....

—Sí, pero hay una circulación en el vacío, que no cuestiona qué se está haciendo ni para qué se lo hace. Entonces, la normalidad es esa especie de circulación en el vacío, son hábitos generados por ciertas necesidades que se mantienen cuando ya se perdió la necesidad. Esa es la normalidad en el arte y en la cultura. Estamos habituados a ir al museo, al shopping, al mercado. Esa es la normalidad. En este sentido, la normalización de la gestión cultural crea un momento detrás de otro, sin preguntar para qué.

¿Qué puede aprender un artista de los movimientos sociales?

—Una de las derivaciones de la crisis del 2001 fue el proyecto de articular nuevas maneras de organización social y de solidaridad, y de crear nuevos espacios públicos donde lo político fuera posible desde un punto de vista primordial. Eso se expresó en movimientos sociales o socio territoriales. Quedan algunos remanentes, aunque es muy difícil salvarse de la presión política y de la cooptación política, porque ante un modo de producción alternativa no es la empresa la que se va a preocupar sino que es el político, porque ahí está su competencia.

La estética cartonera

"Ex Argentina" fue una investigación realizada por artistas e intelectuales acerca de los factores que condujeron a la crisis de la Argentina en su contexto internacional. El proyecto se extendió de 2002 a 2006; en esos años se realizaron coloquios, exposiciones y publicaciones en Argentina y en el exterior.

Massuh explica que "cabalgó sobre los cartoneros y puso la estética de la protesta en general en el centro. Trabajó sobre ella y sirvió para darle notoriedad y circulación. El caso argentino fue tomado como un exponente de las consecuencias que puede traer la globalización".

"Una vez que pudimos hacer la exposición en Alemania, los artistas que formaron parte de la exposición fueron invitados a viajar allá. Empezaron así a conocer artistas de otros lugares, como Rusia o Brasil. Así articularon 'La Normalidad'(2006), el proyecto que le siguió a 'Ex Argentina', donde se mostró que las privatizaciones y la ocupación del espacio público y las tierras fiscales no son endémicas de la Argentina y que nuestro caso es parte de una cadena internacional", redondea.

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