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martes, diciembre 02, 2008

Algo más que fútbol


Desde hace una semana me doy un gusto cada noche, antes de dormir, similar al placer que despierta un buen vino malbec que acompaña una comida con personas que uno quiere. Pero no es el placer del sibarita sino de la buena lectura, en este caso, de los cuentos contenidos en el libro "Fútbol en el bar de los sábados", escrito por el periodista Ariel Scher. “Los personajes de estos cuentos son entrañables, anónimos, profundos y les gusta hablar de fútbol”, explica el escritor Eduardo Sacheri en el prólogo. En la contratapa, el ex futbolista y entrenador Jorge Valdano (campeón mundial en 1986 con el seleccionado argentino), señala: “Un mundo de buena gente hace del fútbol un juego lleno de lecciones de vida. Ariel Scher creó el Bar de los Sábados, un potrero ideológico y sentimental donde el fútbol se emociona en la nostalgia, se entretiene en la utopía y se eleva en maravillosas ficciones. Pocas veces el fútbol y la literatura convivieron más a gusto”. El libro, que acaba de publicar Ediciones Al Arco y que el propio Scher presentó hace unos días en el café Tortoni de Buenos Aires, tiene algo que lo distingue: Sus personajes, según descubre Sacheri, “saben encontrar en el fútbol, un vehículo para hablar de todas las cosas importantes”. En varias ocasiones he mencionado en este espacio mi admiración y cariño por Ariel, con quien compartí entre 1992 y 1994 el trabajo en la agencia de noticias Interdiarios, la más hermosa y enriquecedora redacción por la que he pasado en mis 22 años de trabajo en este oficio del periodismo. Te comparto aquí uno de los cuentos de Scher (junto a Ezequiel Fernández Moores, de lo mejor del periodismo deportivo argentino), publicados en este libro.
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Goles de madre

El Gordo cruzó las puertas del Bar de los Sábados con esas mejillas asombradas que lo volvían un hombre único. Con la mano derecha se quitó dos transpiraciones de las cejas y con la mano izquierda apuntó hacia alguna parte, quizás hacia adelante, donde el Alto, el Roto, el Pibe y todos sus compañeros de bar y de sábados lo observaban perplejos.

—Mi mamá...

Dijo eso, o casi lloró eso, el Gordo, con una entonación descorazonada que obligó a pensar en las peores cosas. El Alto, un caballero, estuvo a punto de levantarse para consolarlo, pero justo el Gordo recuperó la voz:

—Mi mamá...

Un silencio como pocos en la mítica historia del Bar de los Sábados atravesó las paredes ennegrecidas de ese salón de barrio. Un mozo dibujó en el aire la mitad de una persignación. En eso, el Gordo respiró. Y terminó:

—Mi mamá se hizo futbolista.

El Roto abrió la boca y no la cerró nunca más, el Pibe clavó la vista en el Alto, y el Alto sólo pudo preguntar "¿qué?". El Gordo explicó: "Mi mamá tiene 73 años, unas ganas de existir de las que ojalá se contagiara el universo, y una tendinitis en la rodilla izquierda. Para recuperarse, un kinesiólogo le dio unos ejercicios en los que mi mamá tenía que retrasar la rodilla y luego adelantarla hasta pegarle a una pelota. Primero se curó, después se entusiasmó y ahora ella, que jamás había pateado un córner, encontró una vocación de futbolista. Así que se fue hasta un club, hizo lo que le enseñó el kinesiólogo y juega. Es wing derecho"

Angustiados, los parroquianos del Bar de los Sábados debatieron la situación. Al final, resolvieron que el Gordo acumulara valentía, extraviara por un rato el diseño ingenuo de sus mejillas asombradas y hablara en serio con su mamá. Eso hizo.

Volvió tres horas después. Y calmo. Más que calmo: pleno. "Hablé con mi mamá —dijo—. Fue maravilloso. Me escuchó con los mismos oídos generosos que tenía cuando yo volvía del colegio y la llenaba de historias. Me dio la razón varias veces mientras comíamos una torta de manzana que no es la mejor pero es la de ella. Y me enfocó con esos ojos que siempre me dedicó como iluminándome. Después, me contó que, entre sueños, ya había conversado del tema con mi abuelo, su padre, un hombre noble; y que también, fortaleciendo abrazos que llevaban medio siglo, lo había charlado con mi papá; y que hasta a uno de sus nietos, mi hijo, le había contado la historia de una abuela futbolista para hacerlo dormir".

— ¿Pero por qué se hizo futbolista?, interrogó el Alto.

—Se lo pregunté y me dio otra porción de torta. Enseguida, me iluminó otra vez con la mirada y me dijo que, en cualquier edad, vivir es descubrir la vida. Y que eso estaba haciendo.

Cada habitué del Bar de los Sábados tuvo ganas de aplaudir a la mamá del Gordo o de arrimarse a compartir una porción de torta de manzanas con ella. Sólo el Pibe, el más joven de todos, soltó una afirmación:

—Va a seguir jugando...

—Sí, de wing derecho.

— ¿Y vos cómo te sentís?, le preguntó el Roto, rompiendo su largo enmudecimiento.

El Gordo lo miró como se mira a un buen amigo, infló sus mejillas asombradas, y le dio la respuesta mientras en el Bar de los Sábados se acababa el día:

—Feliz. Y también ansioso: mañana debuto como número 9 en el equipo de mi mamá.

(fin)

miércoles, enero 02, 2008

¿El libro se reinventa?

La pregunta es respondida por la periodista Amaury del Valle, en esta nota publicada por la agencia ANC- UTPBA. El fenómeno de los libros electrónicos y los nuevos formatos plantea algunos interrogantes sobre el futuro del libro en papel.

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Una nueva creación de la tienda de artículos on line, Amazon, ha vuelto a echar fuego a la discusión sobre el futuro de los libros electrónicos, que muchos predicen sustituirán a los tradicionales textos de papel.

Dotado de una pantalla blanca y negra y un teclado, el nuevo artilugio puede conectarse sin cable a internet y ser cargado con libros, blogs y periódicos, siempre y cuando se pague primero por estos contenidos, de un catálogo que tiene unos 90 000 títulos.

No se trata del primer artefacto de su tipo en el mundo, pues ya otras empresas han lanzado creaciones similares. Quizá lo más novedoso en el caso de Kindle, como le ha llamado al equipo, sea su posibilidad de conectarse a la red de redes de forma inalámbrica, a la vez que gracias al teclado se pueden hacer anotaciones al margen de lo que uno lee, e incluso después extraer estas e imprimirlas para consultar de forma más tradicional.

Los bandos han vuelto a dividirse. Unos ven en Kindle un paso más hacia la muerte definitiva del libro. Otros, solo un nuevo artefacto, lindo, útil, pero no el sustituto del papel. La polémica tiene mucha tela por dónde cortar.

Tinta eléctrica

Descontando la aparición de las computadoras, y posteriormente internet, quizá el mayor desafío al papel en los últimos años haya sido la aparición a principios del milenio, de forma comercial, de su sustituto en formato electrónico.

La popularización del papel electrónico, gran ideal de la comunidad tecnológica mundial durante las últimas décadas del siglo pasado, tuvo en 2001 un gran paso de avance cuando se lanzaron de forma experimental los primeros prototipos al mercado.

Sin embargo, desde entonces los avances no han sido muy rápidos, y las dificultades tecnológicas, unido al alto coste de su fabricación, han ralentizado su introducción a gran escala, si bien comienzan a verse cada vez más al servicio de la propaganda comercial.

Hace unos seis años, dos compañías estadounidenses, Gyricon Media y E-ink Corporation, desarrollaron cápsulas con un líquido oscuro y cargado de partículas blancas, al que si se le aplica una carga eléctrica, las partículas se mueven de una parte a otra de la cápsula y así crean una zona blanca.

En ese entonces, el director técnico de E-ink, Paul Drzaic, afirmaba alborozado a la BBC haber creado «el material electrónico que sustituye a la tinta... y la tecnología electrónica que controla la nueva tinta y que le dice qué imagen quiere».

Ambos, sobre un papel plástico flexible, podían trabajar juntos para formar letras e imágenes, con lo cual todo indicaba que el papel del futuro estaba a las puertas. Bastaba solo buscarle una aplicación cotidiana, y por supuesto, que fuera rentable.

La primera salida comercial de este avance tecnológico fue a través del desarrollo de carteles electrónicos conectados sin ningún tipo de cable. Gracias al invento, el mensaje o cualquiera de los signos podía ser cambiado desde cualquier lugar solo apretando un botón.

Aunque John Seely Brown, jefe de desarrollo de Xerox, auguraba que pronto estarían en el mundo del libro, los editores, incluso los que ya trabajaban en los libros electrónicos, no se apresuraron a «morder» el invento.

El problema es muy sencillo, pero a la vez extremadamente complejo de resolver. La gente prefiere la comodidad y el contacto con el papel, y además resulta muy molesto leer en pantalla.

Ninguna de las creaciones de papel electrónico ha tenido hasta el momento gran impacto en el mundo, en especial por su alto coste, y por las limitaciones tecnológicas todavía grandes. Por eso la apuesta ha sido por buscar formatos intermedios, como el nuevo Kindle.

El devorador

El lector de Amazon tiene ante sí el gran desafío de superar en la competencia a artilugios similares como los de las japonesas Sony y Panasonic, mucho más baratos, aunque no vienen con un teclado y deben ser conectados por cable para descargar su contenido.

No obstante, este no es el único desafío. Aunque este libro electrónico, como afirma un periodista de El País, España, puede ser muy útil para manuales técnicos u obras de consulta, ya que se puede buscar rápidamente un contenido determinado y anotar virtualmente al margen de las páginas, dista mucho de ser el ideal para sentarse cómodamente a leer una novela o las noticias de un periódico.

Ante todo, hay que pagar incluso para consultar una página web y hasta weblogs, algo que puede hacerse en la computadora tradicional, sin costo. Este gravamen de descarga, que ronda los diez dólares por manual, es por demás ilógico, máxime si se tiene en cuenta que la mayor parte del precio de un libro de papel se dedica a impresión y distribución, dos factores que Kindle elimina.

Por otro lado, si bien Kindle cuenta con una pantalla de tinta electrónica de seis pulgadas y una resolución de 600 x 800 píxeles, la que según sus creadores refleja las letras como si fuese papel y no cuenta con retroiluminación, lo que facilita la lectura, junto a la posibilidad de ampliar el tamaño del texto, no es todavía exactamente papel, y además necesita de energía eléctrica para funcionar.

En este aspecto es válido señalar que la mejora con respecto a equipos similares es grande, ya que la batería de Kindle dura un día conectada a internet y una semana sin estarlo, además de que se recarga en solo dos horas.

Quienes lo defienden creen que es el nuevo iPod o reproductor electrónico, pero para libros, aunque también permita almacenar imágenes y sonido. Algunos, en cambio, prefieren esperar para gastarse el dinero en creaciones más acabadas.

El fenómeno e-books

Mientras tanto, no hay dudas de que el futuro de los libros electrónicos, ya sea en este formato o en archivos tradicionales de computadoras, es cada vez mejor, con miles de ejemplares puestos a disposición del público.

Es importante tener en cuenta que por libros electrónicos se entiende tanto a una obra individual en formato digital, como a un dispositivo utilizado para leer libros en este formato. Y si bien los dispositivos no tienen todavía tanta suerte, no puede decirse lo mismo de los e-books, como se les conoce a las versiones electrónicas o digitales de un libro.

Y es que la creciente digitalización de impresos de todo tipo y su distribución, gratis o pagada por internet, es cada vez mayor, en especial por el ahorro que significa no tener que imprimir ni buscar un proveedor de libros físicos, lo cual ha provocado una baja en la venta de ejemplares tradicionales, y que la mayoría de las editoriales hayan adoptado la táctica de sacar títulos a la vez en ambos formatos.

Incluso han surgido innovaciones de uno y otro lado, como los audiolibros en formato digital, o la inclusión de discos compactos o DVD-Rom junto a los libros de papel, para que el lector pueda escuchar la música y ver las imágenes que el autor imaginó mientras escribía su obra.

Aquí no faltan tampoco los desafíos, el mayor, quizá, de perder los derechos de autor, para lo cual empresas como Adobe, autora del formato PDF, preferido en la distribución de e-books, han creado un complejo sistema de seguridad llamado DRM (Digital Right Management), para evitar la copia de los textos.

No obstante, ni los artefactos ni la facilidad de la pantalla han logrado todavía igualar la sensación única de arrellanarse en un sillón o sofá a leer una novela, sin necesidad de una computadora u otro artilugio tecnológico, e ir pasando una a una las páginas.

(fin)

viernes, diciembre 14, 2007

El pibe Juan

“Seguro que escribo poesía de puro holgazán, porque la ventaja de los versos es la brevedad”, afirma el poeta argentino Juan Gelman, quien fue elegido por el Ministerio de Cultura de España para recibir el Premio Cervantes 2007, considerado el “Nobel” de habla hispana. El siguiente relato autobiográfico de Gelman, fue difundido el 5 de diciembre de 2007 por la agencia ANC-UTPBA.

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Las sirenas de los barcos bufan, las embarcaciones sueltan amarras en una calle polvorienta en la que inician un camino José Gelman y Paulina Burichson, junto a sus hijos Boris y Teodora, padres y hermanos del poeta.

En la bitácora del barco alguien anota el testimonio de la infancia: el ambiente familiar en la casa de Villa Crespo, el niño turbado por el amor, el que junta papeles plateados en la calle, las manos pequeñas en el océano del piano, el olor del primer poema, el murmullo del barrio, los inicios del grupo El Pan Duro

El único argentino de la familia soy yo. Mis padres y mis dos hermanos eran ucranianos. Emigraron en 1928. Mi padre era un socialrrevolucionario que había participado en la revolución de 1905. Yo no lo supe sino mucho después, en 1957, cuando encontré en Moscú a dos tías y a una prima que aún vivían en la casa de madera donde mi padre se había refugiado, y de la que debió escapar porque la policía del zar le pisaba los talones. Después anduvo por otras regiones de Rusia, vaya a saber por dónde, hasta que decidió ir a Buenos Aires. Llegó por primera vez en 1912, escapando del servicio militar.

Con un pasaporte falso partió hacia Génova. Ahí supo que zarparían dos barcos: uno hacia Nueva York y otro a Buenos Aires. El de Buenos Aires salió primero y en él se fue. Vivió en la capital argentina hasta que regresó a su tierra de origen, en los inicios de la revolución rusa, Volvió esperanzado porque eran momentos de cierto pluralismo. Como todo mundo sabe, los espacios se fueron cerrando.

Lo que lo desilusionó fue, sobre todo, la expulsión de Trotsky del Partido Comunista y su destierro en Alma Ata, en la frontera de Manchuria. Aunque él no era trotskista en absoluto, admiraba a Trotsky y pensaba que con su salida de escena se terminaban las últimas posibilidades de un debate democrático en la Unión Soviética. Entonces se fueron todos con pasaportes falsos, inaugurando así la tradición de pasaportes falsos en la familia. Mi hermana tenía tres años.

Él era obrero ferroviario, carpintero. En 1928 volvió a Buenos Aires con mi madre y mis dos hermanos mayores. Ahí siguió de carpintero y luego de pequeño comerciante. (Ella) había sido estudiante de medicina en Odesa. Era hija de un rabino metido en su shtetl, un pequeño pueblo judío donde fungía como juez de paz. Era una especie de santo que se alimentaba de té y pan. Muchos años después, en la poesía norteamericana de los años 20, encontré la referencia del té y el pan en la boca del poeta judío.

Mi infancia está muy lejos, en el barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires. Nací ahí porque en un momento tan delicado como un alumbramiento quise acompañar a mi madre. Corresponde a un caballero estar con una mujer querida en una zona difícil como el parto... Mi infancia también está llena de cosas que no viví. Por ejemplo de historias extraordinarias y terribles que mi madre me contaba, como el día aquel en que los cosacos quemaron todo durante un pogrom y mi abuela entró en la casa en llamas para salvar a sus hijos. Perdió uno. Cada vez que había peligro, mi abuelo sacaba una arquilla con un pergamino de mil setecientos y corno en el Génesis leía: "El rabino tal engendró al rabino tal que engendró a tal.." El era el último de la lista. Cuando existía una amenaza, la lectura del pergamino les otorgaba cierto sentido de continuidad y supervivencia.

Mi padre era uno de esos obreros de la Rusia revolucionaria que sabía de todo: economía, historia, ciencias políticas. Lo que ahora se llamaría un tipo culto. Mi madre... amaba la música, nos hacía estudiar piano.

Nunca nos encerraron en un gueto, ni cultural ni nada. Esos años de mi vida coincidieron con la segunda guerra. Hice, por ejemplo, mi bar-mitzvah, porque hacerlo se llenaba de sentido en medio de la matanza de judíos en Europa. Pero no recibí ninguna educación religiosa. Lo que más recuerdo de mis trece años fue que me regalaron las obras completas de Sholem Aleijem. Mis padres, que no nadaban en la abundancia, ahorraban centavitos y una vez al año nos llevaban al Teatro Colón. Ahí escuché a Brailovsky, cantantes de primera línea, óperas con espléndidos elencos. Al mismo tiempo llevaba una intensa vida de barrio, un barrio pobre y agresivo.

Me enamoré de una vecinita ... Me encantaban sus rodillas sucias. Me salían versitos de amor, rimados.

Me enamoré de Ana, que tenía once. Al principio yo le mandaba versos de Almafuerte. como si fueran míos. Se reía mucho...entonces traté de intentar mejor fortuna.

De niño recuerdo todo lo que se hizo en favor de los republicanos durante la guerra española, las pintadas en el barrio y nosotros, los pibes, juntando el papel plateado de los chocolates porque se creía que con eso se fundía el plomo para las balas de los republicanos; pero también el problema de la guerra mundial que en mi casa se vivía con intensidad y todo lo que ocurrió después: el golpe de Estado del 43, el advenimiento del peronismo y el golpe del 55. Es decir que había todo un clima, un contexto de efervescencia social muy grande en todos esos años que sin duda impregnó nuestra actitud practicante.

No recuerdo cuál fue el primer poema que escribí, pero si cuál fue el primero que publiqué. Vivíamos en Canning y Vera, y desde muy chico, desde los ocho años o tal vez antes, leía mucha poesía. La poesía era como una hipnosis; me atraían los sonidos por un lado, y por el otro el misterio de algunas palabras incomprensibles... Boris leía mucho. Fui saqueándole a mansalva la biblioteca. Tenía, él también, algunos libros en ruso.

Tenía once (años). Yo leía esa revista (se refiere a Rojo y Negro) cada vez que me caía en las manos porque tenía unos cuentos de aventuras buenísimos. En cada número traía una sección de filatelia Y otra de espontáneos. Muchas veces traté de sobornarlos mandándoles cincuenta, sesenta estampillas pero me rechazaban el poema. Hasta que una vez, por fin, me publicaron. Era, por supuesto, un poema de amor imposible... decía, más o menos: "Al amor, sueño eterno y poderoso,/ el destino furioso lo cambié".

Tenía entonces un sueño extraordinario, que se repitió durante más de dos años. Yo era paje de una corte e improvisaba versos maravillosos que, por supuesto, olvidaba al despertar. Al acostarme, dejaba lápices y papeles junto a la cabecera de la cama, pero jamás pude acordarme de un solo verso.

A los doce años leí Humillados y ofendidos (de Dostoievski) y caí dos días con fiebre. En mi casa había un patio y, al fondo, una escalera de chapa que llegaba a la pieza donde dormía mi hermano. Un domingo fui a su cuarto, tomé el libro, y me lo devoré de cabo a rabo. (Leía) sobre todo a los clásicos españoles: Garcilaso, Quevedo, Góngora, Lope de Vega... pero el primer poema que escuché fue un poema de Pushkin, en ruso. Se lo oí a mi hermano, que recordaba todavía algunos versos de Pushkin. En ese momento descubrí la poesía "dicha".

Recuerdo que mi padre me regaló, cuando cumplí 12 años, la obra completa de Sholem Aleijem... Empecé robándole versos a Almafuerte.

Mi padre era un lector voraz. Mi madre, por su herencia rabínica, tenía un modo de entender la vida donde la pobreza existe, sí, es un hecho, pero ahí no se acaba el espíritu humano. Crecí con una vida repartida: la de] colegio donde me rozaba con gente de otras clases y la vida del barrio en el que, de paso, hice el escalafón completo: billar, mujeres, organillos, fútbol, milonga y esas cosas.

Yo fui milonguero desde los 15 años. En aquel mundo de entonces el baile me interesaba mucho. Borges dice que el tango es una manera de caminar. Yo no lo voy a corregir, pero me parece que es una manera de conversar. Frente a una muchacha que no conocés es la mejor manera de iniciar una buena conversación. Luego la conversación pasará a otras regiones distintas, al baile, las inevitables preguntas sobre el otro. Por eso creo que la milonga es una forma de conversar, un diálogo bailable.

Llegó un día en que me declaré a mí mismo poeta. Abandoné entonces la Facultad de Química. Además estaba enamorado y dejé todo. Me puse a trabajar de camionero, transportaba muebles, fui vendedor de partes automotrices y, a través de las facturas, descubrí el paso del lápiz a la tinta y de la tinta a la máquina de escribir. Pienso que el paso a la computadora ya no lo podré dar.

(...) me acerqué al núcleo de una revista que salía en los años 50 que se llamaba Muchachos. También habla narradores como Damato y Cronda y el poeta David Álvarez Morgade.

Uno se pasa años escribiendo sin pensar que va a publicar, simplemente escribiendo porque tenés necesidad de hacerlo. Había un grupo de muchachos, no todos poetas, que me alentaron para publicar. Con otros poetas, Héctor Negro, Julio C. Silvain, Di Taranto, estábamos todos en la misma. Editábamos EÍ Pan Duro, para autopublicarnos. El sistema era la venta previa de bonos; cada bono valía un libro y con ese dinero imprimíamos. Se decidía entre todos cuáles eran los libros que iban a aparecer, el orden y todo lo demás. Lo extraordinario cm que no había competitividad entre nosotros y en votación se decidió que Violín y otras cuestiones fuera el primero en salir, luego apareció el de Héctor Negro. También empezamos a realizar lecturas públicas de poesía. Fue después del golpe del 55, en el teatro La Máscara. Ahí conocí a Raúl González Tuñón, una vuelta que lo habían invitado. También hacíamos lecturas en clubes de barrio, en bibliotecas públicas, en distintos sitios.

Seguro que escribo poesía de puro holgazán, porque la ventaja de los versos es la brevedad. El poema es corto, las líneas son más cortas. Sin embargo una vez intenté hacer una novela, y llegué hasta la página treinta... Creo que se iba a llamar El diario del poeta o algo así. Era una especie de farsa. Y también hice un libro de cuentos, allá por el año 1967 o 1968. Pero éste era ante todo un ejercicio personal relacionado con toda mi búsqueda poética e idiomática de ese momento. No sabría decir si eran exactamente cuentos. Digamos que eran textos, que en parte se perdieron.

(fin)

domingo, septiembre 16, 2007

Leer en tiempos del iPod

Las nuevas prácticas culturales de las jóvenes generaciones obligan a repensar las preguntas acerca de los vínculos entre la educación, la lectura y los medios audiovisuales y electrónicos. Un análisis del sociólogo argentino radicado en México Néstor García Canclini, publicado por la revista porteña “Ñ”.

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Los hábitos culturales de los jóvenes han vuelto impertinentes preguntas que recorrieron el siglo XX y aún in­ tranquilizan a especialistas en políticas culturales.

Por ejemplo: ¿Van a desaparecer los libros en los próximos años? ¿Cómo lograr que los jóvenes lean más? ¿Dedicar más tiempo a ver televisión que a leer con­tribuye a la despolitización?

En vez de ocupamos de estas preguntas, propongo otras para replantear los desentendimientos entre educación y jóvenes: ¿Cómo podemos, quienes fuimos formados con libros, tizas y los Beatles, reeducamos para compartir el mundo con la generación del mouse, el iPod y el hip-hop?

En los siglos XIX y XX, cuan­do se generalizó el acceso a la educación y se masificó la pro­ducción y circulación de libros, se relacionaba a los libros con la enseñanza y se los veía como instrumentos clave para transmitir información. Sabemos que no fue así durante la mayor parte de la historia de la humanidad, cuando la educación era principalmente oral. Tampoco lo es ahora, cuando el libro pasó a ocupar un lugar distinto entre muchos medios audiovisuales y electrónicos.

Las cifras de lectura de libros, revistas y diarios en papel son bajas en la mayoría de los países, pero no siempre des­cienden. Un estudio de la Asociación Mundial de Periódicos indica que la circulación de dia­rios decreció en 2006 en Esta­dos Unidos y en algunos países europeos, pero aumentó en muchos más un promedio de 2,3%, que asciende a 4,6% si se agregan los gratuitos. Cinco años antes, había 488 millones de lectores de periódicos en el mundo, y ahora se estiman 1.400 millones.

Los estudios reunidos en el Sistema Nacional de Consumos Culturales, publicado en 2006, sobre la situación argentina, indican que 55,2% de la población afirma haber leído libros en el año anterior (19% más que en 2004) y que el promedio de libros leídos cada año subió a 4,5%. Dice leer diarios 55,9% y revistas 29,2%. Son significativos, asimismo, los porcentajes de cómics e historietas, la lectura y escritura en Internet y el envío y recepción de mensajes de texto a través del celular. Internet tenía, en 2005 40,9% de usuarios; casi 28% dice haber consultado textos de lectura por ese medio y el porcentaje aumenta entre menores de 35 años y en los niveles socioeconómicos alto y medio. Incluso quienes no tienen recursos para comprar una computadora consultan Internet fuera de sus casas, especialmente en ciber cafés y locutorios.

En Colombia encontramos tendencias parecidas. Hay menos lectores de libros (36,9%) y de diarios (31,5%) y más de revistas (32,4%). Los colombianos leían más libros en 2000, cuando declaraban seis al año, que en 2005, cuando el promedio bajó a 4,5% libros al año. La única lectura que crece, anota Germán Rey, es la que se hace en Internet. Quienes más leen en este medio son los jóvenes entre 12 y 17 años con un tiempo de 2,53 horas por día, casi igual al consumo televisivo. La lectura en Internet, concluye Germán Rey, "en vez de estar desplazando a la lectura tradicional, se está complementando con ella. En otras palabras: los que leen más libros son también los que leen más en otras modalidades, como Internet".

¿Para qué usan la computadora e Internet? Hacer tareas, estudiar, informarse y enviar o recibir mensajes están entre las actividades principales. Todas ellas son formas de lectura y de escritura. Distraerse, oír música y jugar ocupan tiempos significativos, pero no son las prácticas más absorbentes.

Las pantallas de nuestro siglo también traen textos, y no podemos pensar su hegemonía como el triunfo de las imágenes sobre la lectura. Pero es cierto que cambió el modo de leer. Los edi­tores se vuelven más reticentes ante los libros eruditos de gran tamaño; las ciencias sociales y los ensayos ceden sus estantes en las librerías a best-sellers narrativo s o de autoayuda, a discos y videos. En las universidades masificadas, los profesores con treinta años de experiencia comprueban que cada vez se leen menos libros y más fotocopias de capítulos aisla­dos, textos breves obtenidos a través de Internet que aprietan la información.

Se lee de otras maneras, por ejemplo escribiendo y modifican­ do. Antes, con el libro impreso, era posible anotar en los márgenes o huecos de la página, dice Roger Chartier, "una escritura que se insinuaba pero que no podía modificar el enunciado del texto ni borrarlo"; ahora, el lector puede intervenir el texto electrónico, "cortar, desplazar, cambiar el orden, introducir su propia escritura".

Quienes leen sin separar lo que en ellos es también espectador e intemauta, leen -y escriben- de un modo desviado, incorrecto para los adictos a la ciudad letrada. ¿Acaso cuando no existían televisores ni computadoras había una manera de ser lector normal? No se lee de igual forma a Cervantes, a Kafka, a Borges, a Chandler, a Tolstoi, a Joyce, ni cada uno de ellos, que pusieron a tantos personajes a leer, los imaginaron idénticos, muestra Ricardo Piglia en su libro El último lector.

¿Qué crítico contemporáneo -incluyendo a los defensores de algún canon- pretendería que existe una sola forma de leer a estos autores? Piglia recuerda una frase de Beckett a propósito de quienes criticaban los textos finales de Joyce: "No pueden quejarse de que no esté escrito en inglés. Ni siquiera está escrito. Ni siquiera es para ser leído. Es para mirar y escuchar".

¿Qué queda de la experiencia de la lectura?

La visión de un porvenir dominado por las imágenes mediáticas, como pronosticaron Marshall McLuhan y otros, no se ha cumplido. Decía Juan Villoro que si McLuhan resucitara en un cibercafé, creería encontrarse en una Edad Media llena de frailes que descifran manuscritos en las pantallas. Sin embargo, ¿no hay algo que se pierde irreparablemente cuando se desconoce la información razonada de los periódicos y se prefieren los clips rápidos de los noticieros televisivos, cuando los libros son reemplazados por la consulta fragmentaria en Internet? ¿No ofrecen los libros una experiencia más densa de la historia de la complejidad del mundo o de los relatos ficcionales que la espectacularidad audiovisual o la abundancia fugaz de la informática?

¿Qué queda en las interconexiones digitales, en la escritura atropellada de los chateos, de lo que la lengua solamente puede expresar en la lenta elaboración de los libros y la apropiación paciente de sus lectores?

Sin duda, hay que preservar lo que los libros representan como soportes y vías de elaboración de la densidad simbólica, la argumentación y la cultura democrática. Pero no veo por qué idealizar, en abstracto, generalizadamente, a todos si al preguntar a los lectores sobre su libro favorito, en las encuestas citadas, 30% o 40% no sabe cuál es y entre los mencionados sobresalen obras de autoayuda, esotéricas y El código da Vinci.

En vez de seguir oponiendo los libros y la televisión, convendría ensayar formas diversificadas de fomentar la lectura en sus múltiples oportunidades, en las páginas encuadernadas y en las pantallas. Esto requiere mucho más que exhortaciones ilustradas a leer: reconvertir las bibliotecas en centros culturales lúdicos, literarios y audiovisuales donde los estantes convivan con talleres atractivos, computadoras y accesos a Internet.

(fin)

lunes, enero 01, 2007

Pequeño Fontanarrosa Ilustrado

Espero que hayas empezado bien el año. Si vivís en Buenos Aires y te queda una neurona en pie luego del calor tropical del primer dìa de 2007, con 36,3 grados de temperatura, te recomiendo leer esta serie de reflexiones del escritor Roberto Fontanarrosa, extractadas de la charla abierta que brindó el también humorista dio en 2006 en la Feria del Libro de Rosario. Publicado por el diario porteño Página/12 el 30 de agosto de 2006.

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Pequeño Fontanarrosa Ilustrado

- Los libros “Hay un tema que yo he dicho en muchos casos y que puede sonar provocativo en una feria del libro, pero les voy a explicar desde mi punto de vista cómo yo elijo un libro. Ustedes lo toman como quieran, pero yo les voy a decir qué condiciones tiene que tener un libro para que yo lo elija.”

“Primero y principal no tiene que ser un libro gordo. Un libro gordo me parece un abuso de confianza del autor hacia mi tiempo. Es como si aparece alguien y me dice: ‘Quisiera hablar con vos, tenés dos semanas libres...’. ¿Cuál es el lazo de confianza que me une a ese escritor para que durante dos meses yo me vaya a la cama con él y su libro?”

“Segundo, y lo va a comprender la gente que ya tiene cierta edad, y no es por la madurez: tiene que tener letra grande. Hay escritores que escribían con letra muy chiquita, y ya a esta altura del campeonato ese esfuerzo es excesivo.”

“Otra cosa: tiene que tener espacios en blanco. Si abro un libro y veo un masacote negro, como si fuera un amontonamiento de hormigas, yo digo: ‘¿Por dónde entro al texto?’.”

“Otra alternativa: fíjense en capítulos cortos. Ustedes mismos se van a dar cuenta de la sabiduría del cuerpo humano: usted está leyendo un libro y de repente observa que sin darse cuenta su mano derecha va buscando las páginas hasta llegar a un capítulo.”

“Otra cosa que me interesa también es que tenga diálogos, porque a mí me gusta escuchar a los protagonistas. Antes pasaba en algunos diarios, porque ahora el género del reportaje es mucho más fluido, que hacían un reportaje y decían: ‘Estuvimos en la casa del afamado escultor fulano de tal, y nos dijo que está pensando en hacer una escultura que representa a un caballo comiendo una codorniz’.”

“Yo digo: dejalo hablar al escritor, qué te metés en el medio. A mí con los libros me pasa eso. Y si están bien escritos mejor, pero siempre préstenle atención a esas consideraciones.”

- Los amigos “Es placentero y descansado encontrarse a las ocho de la tarde con los amigos en El Cairo o en algún boliche, porque a los amigos, a los verdaderos amigos, no hay por qué darles pelota. Si un amigo te dice: ‘Fui a ver una película iraní’, yo le digo: ‘Dejáme de romper las pelotas’.”

- Los estudios “Yo desde mi ignorancia me hago una pregunta: ¿por qué los chicos se tienen que levantar tan temprano para ir a la escuela? Gardel se levantaba a las ocho de la noche. Y fue Gardel. (...) Les voy a contar que estuve en Córdoba, donde me dieron el Doctor Honoris Causa, lo que indica lo mal que está la educación argentina. Imagino la desolación de los estudiantes que estudian ocho horas diarias y ven que a un tipo como yo le dan el Doctor Honoris Causa. Yo no terminé el tercer año de la escuela secundaria. Y no levanto como bandera el ser un ‘salvaje ilustrado’; digo que no terminé la escuela porque desde el comienzo sostuve una batalla desigual contra las matemáticas. Desigual por la simple condición de superioridad numérica de ellas. Los números son millones, y yo era uno solo. Yo fui a lo que era el Politécnico y me acuerdo de aquellas épocas de estudiantes, con todas las expectativas..., ¡qué horrible que era eso! Para mí era un espanto, similar a lo que me ocurrió no hace mucho, que tuve que hacer una dieta ayurveda de vegetales.”

- La lectura “Siempre he ligado la lectura con el placer. Siempre he sido un lector vago. Y repito otra consideración que pasará al mármol: creo que casi todos los grandes logros y avances de la civilización se debieron a la vagancia. O sea, el tipo que inventó la rueda es porque no quería caminar más. Y después de la rueda, el otro invento maravilloso, que ha hecho dar un salto cualitativo y cuantitativo a la humanidad, es el cambiador del televisor. Volviendo a la literatura, no entiendo el esfuerzo por leer, cuando uno se encuentra con tantos libros que los empieza y no los puede dejar, se siente atrapado por los libros, quiere terminarlos y está feliz mientras los lee.”

- La relación autor-personaje “Sé que algo mío hay dentro de Boggie e Inodoro Pereyra; es más parecido a mí y a cualquiera, porque es un antihéroe que a veces reacciona bien, a veces reacciona mal, es temeroso. Más temeroso es Mendieta. Pero hay algunas cosas mías en esos personajes. Incluso en Eulogia, pero eso lo vamos a hablar en otro momento.”

- Los nuevos medios de comunicación “Con los mensajes de texto estamos muy susceptibles. Yo me acuerdo de los telegramas. A nadie se le ocurrió decir que ese invento estaba arruinando el lenguaje. Está la gente que dice enfadada que no le gustan los shoppings. Y, no vayas querido, cuál es el problema. Si no, es muy fácil pegarle a la televisión, que a mi juicio es un invento maravilloso. Y repito, si solamente hubiera sido creado para transmitir fútbol ya estaría largamente justificado. Ahora, como todas estas cosas, como la historieta, es un instrumento. Si alguien me escucha a mí tocar el piano, dirá que el piano es un instrumento nefasto. Ahora, si lo escucha a Richard Clayderman, por ejemplo, dirán que es un instrumento sublime. Con la televisión pasa lo mismo. Ahora, estoy de acuerdo con que se usa un vocabulario bastante pequeño, y en ese aspecto la lectura te da más posibilidades de expresarte. Para mí la lectura siempre ha sido un placer. Hay muchísima información, e imperceptiblemente uno va ganando una vastedad de lenguaje, y aparte es una compañía formidable. Se puede vivir perfectamente sin leer un libro. Creo que más de las tres cuartas partes de la población mundial jamás ha leído un libro. Pero, entre una cosa y otra, prefiero leerlos.”

(fin)